OS ENALTEZCO, PADRE 09-07-2023
A menudo el Evangelio nos presenta a Jesús que se levantó de madrigada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar; subió al monte a solas para orar; invitó a los discípulos diciéndoles: sentaos aquí, mientras voy allá a orar; cayó rostro en tierra y oraba…
Pero del contenido y estilo de la plegaria de Jesús no se nos habla.
En cuanto al estilo, vemos hoy a Jesús que ruega enalteciendo y alabando el Padre.
Abrirse al misterio de Dios es experiencia radical de la historia humana: la persona humana es constitutivamente buscadora de Dios.
Y cuando la búsqueda humana de Dios se abre al don de Dios que se le comunica, entonces la apertura se transforma en acogida agradecida a Dios que se le acerca.
Por eso la oración de Jesús consiste en enaltecer al Padre, Señor del cielo y de la tierra, que se ha revelado a los pequeños que se le abren confiadamente.
Este fragmento ha sido denominado “perla de evangelio según san Mateo”
En la perícopa anterior (11,20-24) Jesús se pone a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido.
Habían “visto” señales de la acción de Dios, pero no se habían abierto a Él.
En justa contraposición ahora Jesús ruega enalteciendo al Padre porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.
¿Quiere decir Jesús que el Padre es el responsable de esconder a unos y revelar a los otros los designios de Dios? ¡No!
El lenguaje bíblico suele atribuir a Dios, “causa primera”, aquello que en realidad es fruto de todo un proceso donde la persona humana tiene la responsabilidad de abrirse o no a la acción de Dios.
Muy acertadamente san Juan-Pablo II en la encíclica Fides et Ratio decía que la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. En la base de toda la reflexión que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo. El conocimiento que ella propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese la más alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios
En cuanto al contenido, la oración de Jesús enalteciendo al Padre incluye una afirmación básica: Todo me ha sido entregado por mi Padre.
También el himno cristológico de la carta a los Colosenses cantará que en él (Cristo) quiso Dios que residiera toda la plenitud (Col 1,19; 2,9).
En Jesucristo tenemos a todo Dios, a todo el que verdaderamente es Dios, a toda la auténtica grandeza de Dios.
Por eso nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, es decir al margen de Jesucristo y de su Revelación, nadie conoce verdaderamente al Padre.
Porque efectivamente a Dios nadie lo ha visto jamás; pero Dios unigénito, que está en el seno del Padre y por la Encarnación ha plantado su Tienda en medio de nosotros, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,18).
El profundo respeto fraterno que nos merece la libertad religiosa de todos los hijos de Dios no tiene que menguar la firmeza de nuestra fe cristiana: con la cual somos cordialmente invitados por Jesús que nos dice: Tomad mi yugo, para ser discípulos suyos.
Porque efectivamente mi yugo es llevadero y mi carga ligera: siendo manso y humilde de corazón el yugo de Jesús es suave, no porque carezca de exigencia sino porque con su Espíritu se instala dentro de nosotros y nos capacita para vivir aquello mismo que nos reclama.
José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano






