MI ALMA ESTÁ SEDIENTA DE TI, SEÑOR, DIOS MÍO 03-09-2023
La última “confesión” de Jeremías es la más dura: leída en serie con las precedentes (11,18s; 15,10s; 17,14s; 18,18s), se ve el tono culminante de esta plegaria de confidencia íntima: amarga al principio (Has sido más fuerte que yo y me has podido), desesperanzada al final (¿Por qué hube de salir del vientre para pasar trabajos y fatigas y acabar mis días deshonrado? v.18), y que sorprendentemente tiene en medio un acto de confianza radical en Dios: Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes v.11).
Jeremías se ha dejado seducir por el Señor antes de formarte en el vientre, te elegí; te consagré: te constituí profeta de las naciones (1,5); pero en el ejercicio de su Ministerio se ha sentido abandonado por Dios.
La causa era la palabra del Señor que Jeremías la devoraba: tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón (15,16); pero en vez de gozo y alegría, experimenta las burlas de la gente.
Por las consecuencias dramáticas que le supone la fidelidad a la palabra del Señor, Jeremías se proponía no volver a hablar en su nombre.
Pero este proyecto de dimisión no sale adelante porque había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía: porque no es una palabra exterior y extraña sino un volcán interior, es decir, el mismo Dios instalado dentro de su corazón.
El evangelio presenta el episodio posterior a la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo reconociendo a Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios vivo.
Una confesión de fe incompleta porque queda pendiente una cuestión básica: ¿qué tipo de Mesías es Jesús de Nazaret? ¿Un Mesías “triunfalista” que reproducirá el estilo de poder que personificó el rey David?
El mismo apóstol Pedro parece participar de esta expectativa dominante porque, cuando Jesús anuncia que tenía que padecer mucho y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día, entonces Pedro se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte.”
Jesús lo tiene que reprender personalmente llamándole Satanás porque su postura es realmente tentadora, tanto ayer como hoy: un Mesianismo y un cristianismo sin cruz siempre son más atractivos y tentadores.
A pesar de que la versión litúrgica oficial en catalán traduce diciendo que Jesús se giró y le dijo a Pedro: “¡Huye de aquí, Satanás!”, hay que notar que en el texto griego original literalmente Jesús dice a Pedro: ¡Ponte detrás de mí!
Con exactitud filológica y fidelidad evangélica la expresión reclama que Pedro vaya detrás de Jesús que es quien tiene que marcar el camino a seguir.
Porque la esencia del discípulo es ser seguidor de Jesús; y la gran tentación perversa de los discípulos de todos los tiempos es querer ellos marcar el camino.
De la hoy necesaria renovación eclesial no podemos hacer un subterfugio para inventarnos un Evangelio diferente al que Jesús enseñó y la Tradición viva de la Iglesia nos ha transmitido con las precisiones del Magisterio.
Lo que sí tiene que hacer todo el mundo que quiera ir detrás de Jesús es siempre negarse a sí mismo vaciándose de los prejuicios y falsos valores; no para quedarse vacío sino para llenarse más de Cristo y de los valores evangélicos.
Solo quién se vacía de egoísmo puede llenarse de amor a Dios y a los hermanos.
En el día de la Virgen de la Cinta, patrona de Tortosa, encomendémosle especialmente esta petición.
José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano






