LA SALVACIÓN VIENE DE DIOS 02-12-2018

Durante estos días el ambiente que se percibe en la calles de nuestros pueblos nos habla de la cercanía de la Navidad. La publicidad lleva a muchos a pensar que para celebrar bien estas fiestas es necesario preparar muchas cosas. En cambio, la liturgia de la Iglesia durante el tiempo de Adviento, cuyo primer domingo celebramos hoy, nos invita a esperar santamente la venida del Señor a nuestro mundo. Este hecho nos indica la situación paradójica a la que nos ha conducido el contexto cultural, social y espiritual que estamos viviendo en lo que se refiere a la celebración de la Navidad: cuando más diluido queda su sentido autentico, por la publicidad que nos arrastra a vivirlo rodeados por el consumismo, con más fuerza se siente la necesidad de una celebración más auténtica del nacimiento de Cristo.

Durante los domingos del tiempo del Adviento escuchamos un primer anuncio: El Señor viene a nuestro mundo. Sabemos que el Hijo de Dios nació en Belén y nos disponemos a su venida con la misma esperanza de salvación de los profetas y los justos del pueblo de Israel, y con el deseo de acogerlo en la verdad de nuestra vida. Un cristiano sabe que, aunque Cristo naciera mil veces en Belén, de nada le serviría si no naciera en su corazón. Por ello, si queremos recuperar el sentido profundo de esta celebración, lo primero que os invito a pensar es que lo verdaderamente importante no es preparar muchas cosas, sino disponernos nosotros mismos a acoger al Señor. La obsesión por las cosas puede llevarnos a perder de vista lo que es esencial en la Navidad.

Hay un segundo aspecto del mensaje del Adviento: el Señor viene a salvarnos. A muchos de nuestros contemporáneos este anuncio seguramente no les dirá gran cosa. El hombre de hoy se siente tan seguro de sí mismo que tiene la tentación de pensar que no necesita ser salvado por nadie. Estamos ante un mundo orgulloso de lo que tiene; de lo que puede conseguir con la ciencia y la técnica en el dominio de la creación; de las metas que puede alcanzar; de lo que es capaz de hacer. Esto lleva a muchos a creer tanto en sí mismos que llegan a pensar que no necesitan creer en Dios. Sin embargo, año tras año, la Iglesia nos anuncia: El Señor viene a salvarnos. Y con este anuncio nos está recordando que el hombre no puede salvarse a sí mismo y nos invita a no caer en la soberbia de pensar que no necesitamos a Dios.

Estos anuncios nos llevan a la pregunta que cada uno de nosotros nos tenemos que hacer durante el Adviento: ¿Cuál es la esperanza de mi vida? ¿Dónde espero encontrar la felicidad del corazón? Las personas tendemos a buscar la felicidad en cosas que nunca podrán saciar el deseo profundo de salvación que hay en nosotros. Seguramente todos lo habremos experimentado alguna vez que, cuando ya hemos conseguido lo que deseábamos, descubrimos que en nosotros comienzan a aflorar nuevos deseos, y es que las cosas nunca podrán saciar el hambre de felicidad que hay en el corazón del hombre. En Adviento, la Iglesia nos enseña también que solo en la apertura al Niño de Belén encontramos el camino de la verdadera Vida, porque únicamente si nos hacemos pequeños, pobres y humildes como Él, llegaremos a la verdadera paz del corazón.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa