LA MIES ES ABUNDANTE, PERO LOS TRABAJADORES SON POCOS 18-06-2023
Al retomar hoy el tiempo litúrgico de los domingos durante el año, la primera lectura nos llama a escuchar y meditar el fundamento histórico, pedagógico y teológico, de la Alianza del Sinaí. El capítulo 20 del libro del Éxodo con la presentación del Decálogo viene evidentemente precedido por el capítulo 19 con el recuerdo del encargo del Señor a Moisés. Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, un reino de sacerdotes”.
La propuesta del Señor a la casa de Jacob (“Seréis para mí una nación santa”) está condicionada al cumplimiento de la exigencia de obedecer y guardar mi alianza. Es mejor hablar de propuesta divina de Alianza por agradecimiento, más que de mandamientos impuestos unilateralmente por Dios.
Solo desde el agradecimiento cordial y consciente se puede firmar el pacto de la alianza con Dios Salvador.
Es necesario hacer notar que el cimiento de la Alianza propuesta es el recuerdo agradecido de la experiencia histórica vivida: Habéis visto lo que he hecho con los egipcios -vuestros opresores- y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí, verdadera Tierra Prometida de vuestra libertad.
Para los cristianos, la prueba suprema del amor de Dios ya no es la liberación de la esclavitud de Egipto sino la muerte de Jesucristo: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13).
Es así como hemos sido justificados ahora por su sangre. Por eso fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, y no por los méritos nuestros. De esta situación objetiva nace la esperanza firme de que, ya reconciliados en Cristo, también seremos salvados por su vida.
Si el amor misericordioso de Dios es el que nos reconcilia con Él, también es este amor el que mueve a Jesús cuando, al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”: pero con compasión activa que no se limita a un sentimentalismo estéril.
Entonces llama a sus discípulos a tomar conciencia de la situación: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. ¿De dónde viene la garantía de una cosecha abundante? Del Señor cuando, en la parábola del sembrador asegura que, otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta (Mt 13,8).
Después del gran Discurso del Reino o Sermón de la Montaña con las Bienaventuranzas como pauta fundamental, el evangelista Mateo presenta el Discurso de la Misión (Mt 9,35-10,42) fundamentado en la elección de los doce discípulos a los cuales llama para que sean las columnas del nuevo Pueblo Elegido.
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos: no es un poder autónomo adquirido con el mérito de sus cualidades sino regalado por el Señor. Con una finalidad muy clara: liberar a los oprimidos por el Maligno devolviéndolos a la armonía benefactora de la conexión con Dios.
Según el plan de Dios, su fuerza salvadora tenía que ser ofrecida en primer lugar a los hijos de Abraham que fue elegido el primero para que, a través de él la salvación de Dios llegara finalmente a todas las familias de la tierra (Gn 12,1-3).
El proyecto inicial de Dios con Abraham a comienzos de la Historia de la Salvación será retomado por el Resucitado cuando en la Ascensión anuncia a los discípulos que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra (Ac 1,8).
La preferencia inicial por las ovejas perdidas del pueblo de Israel la tenemos que vivir hoy con el testimonio alentador hacia tantos hermanos nuestros que, como los de Emaús, se han enfriado en la militancia apostólica y en el nutrimento eucarístico.
José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano






