LA IGLESIA, SERVIDORA DE LOS POBRES (I) 24-05-2015

Durante los últimos años, una de los temas de los que más se habla, tanto en los medios de comunicación social como en nuestras conversaciones privadas, es la crisis en la que estamos viviendo. Aunque se dice que comenzamos a salir, lo cierto es que los efectos todavía se están viviendo en amplios sectores de nuestra sociedad. Los efectos son visibles en las diversas formas de pobreza que se han extendido y que están afectando a tantas familias. Diversas instituciones de la Iglesia han dado y están dando testimonio de solidaridad y de cercanía a los más desfavorecidos. Sin embargo, somos conscientes de que todavía queda un largo camino por recorrer.

Ante esta situación, en la última asamblea de la Conferencia Episcopal, los obispos hemos aprobado una instrucción pastoral para orientar a los católicos y a todos aquellos que quieran oír la voz de la Iglesia, sobre cuál debe ser nuestra respuesta y nuestro compromiso en favor de los que más están sufriendo las consecuencias de la crisis que vivimos. La instrucción, titulada La Iglesia, servidora de los pobres, pretende concienciar a la sociedad y animar a todos a que sigamos combatiendo las distintas pobrezas que hay a nuestro alrededor, y que no nos cansemos en la lucha para que todos tengamos una vida digna. Para ayudar a su difusión, durante las próximas semanas comentaremos algunos temas de esta instrucción pastoral con el deseo de despertar el interés en su lectura y reflexión.

Cuando hablamos de crisis, lo primero que nos viene al pensamiento es la crisis económica. Esto es lógico, porque son los efectos más visibles. Sin embargo, los cristianos no podemos olvidar que una lucha eficaz contra la pobreza no puede consistir únicamente en aliviar los efectos de esta situación en tantas familias y personas de nuestra sociedad, sino que también hay que combatir las causas que pueden haber conducido a esta situación o que, al menos, la pueden haber agravado.

Entre las causas que están en el origen de esta crisis, y que todos estamos llamados a combatir, en el documento se señalan algunas de ellas:

a) En primer lugar está el olvido del principio de la primacía del ser humano en el funcionamiento de todo sistema económico. Esto se traduce en un sistema que justifica como algo normal el afán de lucro y las ansias de dinero, y considera estas actitudes como generadoras del progreso económico. El beneficio, que es necesario para crear progreso, no puede ser considerado como fin absoluto de la actividad económica, porque, cuando esto ocurre, se justifica cualquier medio para conseguirlo.

b) En segundo lugar se señala también la absolutización de una cultura de lo inmediato y de la técnica. Esta cultura lleva a un pragmatismo que ignora los principios éticos y a un olvido de la solidaridad hacia los pobres, que es necesaria para una sana convivencia social.

Que el Señor nos conceda no ser indiferentes hacia los más necesitados.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.