JUNTO A LA CRUZ DE JESÚS 12-11-2017
A lo largo de este año jubilar mariano que estamos celebrando en nuestra diócesis, hemos ido comentando los momentos más importantes de la vida de la Virgen. En estos comentarios hemos querido poner de manifiesto el significado teológico y espiritual que se encierra en cada uno de ellos. Hoy les invito a meditar brevemente el momento en el que se manifiesta con mayor claridad la gradeza de la fe de María. El evangelista San Juan nos narra que junto a la cruz de Jesús, acompañada de otras mujeres y del discípulo amado, estaba su madre (Jn 19, 25). Os quiero invitar a todos a que nos preguntemos qué sentimientos albergaría en su corazón.
El primer sentimiento que nos imaginamos es el dolor. La Virgen estaba sufriendo. Cuando un hijo sufre, nadie le acompaña como la madre. Su dolor sería inimaginable: al sufrimiento físico y a las torturas de la crucifixión, se une el sufrimiento moral por la injusticia que se ha cometido con Jesús. María no podría entender por qué el mundo trataba así a su hijo: Él había pasado haciendo el bien, curando a los enfermos y sembrando esperanza en el corazón de las personas y, a cambio, había sido condenado a muerte. En ese momento una espada de dolor atravesó su corazón.
Los evangelios nos han transmitido siete palabras que Jesús pronunció desde la cruz. Es la última predicación del Evangelio durante su vida pública. El Señor continúa evangelizando desde la cruz. María, que hasta ese momento ha sido una oyente de la Palabra, está también ahora escuchando esas palabras de su hijo, las guarda en su corazón y las pone en práctica. Entre ellas escucharía la oración que Jesús le dirige al Padre solicitando el perdón para sus perseguidores. María, que sabía que su hijo había exhortado a los discípulos a amar a los enemigos y a orar por ellos, hace suya esa plegaria y también ella pide a Dios el perdón para los perseguidores de Jesús. Al hacerlo, ella misma los está perdonando de todo corazón.
María, que sabía que su hijo no había venido al mundo a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos, es consciente de que la muerte de Cristo es en favor de toda la humanidad. Cuando una madre ve el sufrimiento de su hijo, estaría dispuesta a ocupar su lugar, cargando con ese dolor. Por eso está al pie de la cruz con el deseo de ser crucificada con Cristo y, de este modo, ella, que en el momento de la Anunciación había cooperado a la redención de la humanidad, continúa ahora acompañando a Cristo y ofreciéndose con Él en favor de todos nosotros.
En el momento de la crucifixión el dolor de María es inmenso. Pero también ahora la fe es más fuerte. María, que está sufriendo, está creyendo. Su fe es la única luz que en ese momento queda en la Iglesia naciente en espera de la Pascua. Cuando estemos en la noche del dolor no dejemos de mirarla. Ella, que ha pasado por la prueba del sufrimiento, se nos mostrará como consuelo de los afligidos.
Con mi bendición y afecto.
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa





