JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES 13-11-2022

La Jornada Mundial de los Pobres es una sana y santa provocación para ayudarnos a reflexionar sobre nuestro estilo de vida y sobre tantas pobrezas como hay en nuestro mundo. Hace unos meses parecía que salíamos ya de la pandemia y empezábamos a entrever la luz que nos permitiría volver a retomar el camino del bienestar. Entonces apareció la catástrofe de la guerra en Ucrania. Se repiten escenas de trágica memoria, añadiéndose a otras guerras a menudo escondidas pero muy vivas. ¡Cuántos pobres genera la insensatez de la guerra! En este contexto tan contradictorio se enmarca la VI Jornada Mundial de los Pobres con la invitación a tener la mirada fija en Jesús (He 3,1) el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).

Pablo, tres años después de su conversión subió a Jerusalén para conocer a Cefas (Ga 1,18); más adelante, transcurridos catorce años, volví otra vez a Jerusalén, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano (Ga 2,2). Entonces los dirigentes de la Iglesia-madre de Jerusalén solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres (Ga 2,10) porque la Comunidad de Jerusalén se encontraba en graves dificultades por el hambre que afectaba a todo el país. El Apóstol se lanzó a promover con ardor una colecta de solidaridad con instrucciones concretas como las que da a la Comunidad de Corinto: sobre la colecta a favor de los santos, haced vosotros lo mismo que ordené a las iglesias de Galacia: que cada uno de vosotros aparte el primer día de la semana lo que haya podido ahorrar y lo guarde (1Co 16,1). Así el testimonio más antiguo (año 55 d.C.) de la praxis eucaristía lo es también de la praxis de caridad.

En la Comunidad de Corinto, después del entusiasmo inicial, el compromiso de solidaridad empezó a menguar y la iniciativa propuesta por el Apóstol perdía fuerza. Entonces Pablo vuelve a escribirles urgiéndoles: ya que vosotros comenzasteis no solo a hacer la colecta, sino también a tomar la iniciativa, os conviene que ahora la concluyáis (2Co 8,10).

También entre nosotros estos últimos años la solidaridad ha abierto las puertas para acoger a millones de refugiados de las guerras en el Oriente Medio, en el África Central y últimamente en Ucrania. Muchas familias han ofrecido su casa para dar espacio a otras familias, y muchas comunidades han recibido con generosidad a tantas mujeres y niños para ofrecerles la debida dignidad de personas.

La solidaridad es precisamente esto: compartir lo poco o mucho que tenemos con quienes no tienen nada, para que nadie sufra. Cuanto más crece el sentido de comunidad y de comunión como estilo de vida, más se desarrolla la solidaridad. En algunos países, en las últimas décadas se ha producido un importante aumento del bienestar para muchas familias que han logrado un buen nivel de vida. Este patrimonio de seguridad y estabilidad puede ahora ser compartido con quienes se han visto forzados a abandonar el propio hogar y país para sobrevivir. Como miembros de la sociedad civil, mantengamos vivo el llamamiento a los valores de la libertad, responsabilidad, hermandad y solidaridad. Como miembros de la Iglesia, encontramos siempre en la caridad, la fe y la esperanza, el fundamento de nuestro ser y obrar. Con el realismo que recuerda el Apóstol a los cristianos de Corinto: Porque, si hay buena voluntad, se le agradece lo que uno tiene, no lo que no tiene. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar (2Co 8,12s).

Con los pobres no vale la retórica: hay que pasar a la acción y practicar la fe cristiana involucrándose directamente. El dinero no puede convertirse en un absoluto, como si fuera el objetivo principal. Nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social (EG. 201). No somos en el mundo para sobrevivir unos cuántos, sino porque a todo el mundo le sea posible vivir una vida digna y feliz.

José-Luis Arín Roig
Vicario General

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