Romería Terra Alta
Este fin de semana hemos celebrado la Romería de la Terra Alta, tres días – viernes, sábado y domingo – vividos en un ambiente profundamente espiritual y con una participación que nos renueva la esperanza. Y es en momentos así que comprendemos que todo lo que vivimos – aquello que nos alegra y aquello que nos hiere – se convierte en aprendizaje. Cada instante forma parte de nuestra historia y nos modela; nos ayuda a mirar el mundo con más conciencia y, sobre todo, nos hace más capaces de amar de una manera auténtica, humana y sincera.
Hace tres años, con el padre Joan Maria Mayol, detectamos que la romería se había ido envejeciendo y había que impulsar un relevo generacional para asegurar el futuro. Así empezó un proceso de renovación con actividades pensadas para niños, jóvenes y familias. El año pasado introdujimos la gincana, que fue un acierto: algunas familias se sumaron, y este año todavía muchas más. En un solo año, la participación familiar ha crecido de manera notable, y en tres años hemos duplicado la gente de la Terra Alta que nos acompaña.
Este año, por primera vez, la romería ha tenido más presencia de gente de mediana edad y familias que no de personas mayores. Para nosotros, esto es un gran mérito y un signo claro de que estamos recuperando la romería como un espacio vivo, intergeneracional y comunitario.
Además, este crecimiento no es solo fruto de la gincana. Hemos trabajado intensamente para dar más profundidad y calidez en los actos, como la vigilia nocturna, que hacemos más mística y espiritual, generando un ambiente de silencio, plegaria e intimidad que toca el corazón. También hemos impulsado los encuentros de hermandad, especialmente la cena conjunta, done compartir dulces, vinos, risas, conversaciones, historias y anécdotas nos une y nos hace crecer como comunidad. Son momentos sencillos pero llenos de vida y de autenticidad.
Y en medio de esta vivencia comunitaria, recordamos una verdad esencial: incluso cuando la realidad es dura, el bien no se apaga. Renace en personas, en gestos, en pequeñas acciones que mantienen viva la bondad. Son estas semillas de bondad las que sostienen la esperanza y actúan como centinelas de la aurora, recordándonos que la oscuridad nunca tiene la última palabra.
Por eso, todos estamos llamados a trabajar por un mundo mejor: acompañar, sostener, escuchar; dar vida donde hay cansancio, sembrar paz donde hay división, llevar esperanza donde hay dolor. Ser constructores de esperanza y no espectadores pasivos.
Esta es, al fin y al cabo, la vocación más profunda de quien anda con fe.
Y, con toda esta fuerza y esta luz que hemos vivido, esperamos que el próximo año sea todavía mucho mejor, más abierto, más familiar y lleno de vida, fe y comunidad.
Mn. David Arasa










