JUAN PABLO II: UN DON DE DIOS A SU IGLESIA 04-05-2014

Nueve años después de su muerte, hemos vivido la canonización del recordado Papa Juan Pablo II. Para mí personalmente es un acontecimiento que me llena de emoción. Me recuerda el momento de la ordenación sacerdotal y su llamada a vivir nuestro ministerio como un camino de santidad, confiados en que el amor de Jesucristo a quienes Él ha elegido para ser sus colaboradores es más fuerte que la propia debilidad o el pecado.

Pero más allá del significado personal creo que será una gracia para toda la Iglesia. Toda la vida del Papa Juan Pablo II estuvo marcada por el signo de la cruz y de la entrega. Sus años de seminarista en la clandestinidad, su ministerio sacerdotal y episcopal en su patria, vividos bajo duras condiciones debido a la situación política de un país gobernado por un régimen que pretendía borrar la fe cristiana de las conciencias de los creyentes, le llevaron a entender su vocación como una entrega sin reservas de la propia persona a Dios y a la Iglesia.

Una mirada a su historia personal con ojos de fe nos lleva a pensar que el Señor le estaba preparando para el ministerio de supremo pastor de su Pueblo, en un momento en el que la Iglesia y nuestro mundo necesitaban un Papa que fuera capaz de anunciar el Evangelio con una fortaleza y con un espíritu de fe que le impulsaran a hablar de Jesucristo (2Cor 4, 13-14), y a presentarlo como el único Salvador del mundo “ayer, hoy y siempre”; un Papa que hiciera del testimonio personal un auténtico magisterio para los cristianos y para los no cristianos; un Papa del que hoy podemos decir que la verdad de su vida fue por delante de la verdad de sus palabras; un Papa que prefirió sufrir por la verdad antes que hacer sufrir por ella. A lo largo de sus años de pontificado, marcados por el sufrimiento, la enfermedad, la persecución y muchas veces la incomprensión en el seno de la misma Iglesia, pudimos experimentar que, si bien “el hombre exterior” se iba desmoronando, el “hombre interior” se iba renovando de día en día, y que no desfalleció nunca en su misión (2Cor 4, 16).

El testimonio de su fe auténtica, de su vida, de su entrega, de su honestidad personal y de su trabajo incansable, suscitó el afecto de creyentes y no creyentes, de personas de todas las religiones, de cristianos de todas las confesiones y de quienes pertenecemos a la Iglesia Católica.

Ya en los primeros momentos de su pontificado, el Papa Juan Pablo comprendió que su misión consistiría en conducir la Iglesia al tercer milenio del cristianismo. De ahí la importancia que concedió a la celebración del Gran Jubileo del año 2000.

El momento de su fallecimiento fue un acontecimiento de gracia para la Iglesia. Lo que vivimos durante aquellos días y hemos vuelto a vivir en su canonización nos hace pensar que el pueblo cristiano, que tiene un auténtico sentido de fe, ha descubierto que en la vida y en la muerte de nuestro querido Papa Juan Pablo II, sopló el viento del Espíritu que habita en la Iglesia, la anima y la conduce.

Esto es lo que su sucesor, el Papa Francisco, garantizará a toda la Iglesia al elevarlo al honor de los altares y proponerlo como testigo de santidad para nuestro mundo. Algo que nos llena de una inmensa alegría.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa