TRANSMITIR EL TESORO DE LA FE (V) 02-11-2014

Además de encontrarnos hoy con un sector cada vez más numeroso de nuestra sociedad que están necesitados de un primer anuncio del Evangelio porque desconocen a Jesucristo, también es frecuente otro fenómeno: hay un número grande de niños y jóvenes que han oído hablar de Jesús o han tenido una relación superficial con la Iglesia, pero que no han tenido una verdadera experiencia de la vida cristiana, una vivencia profunda de la fe.

En reuniones y diálogos con catequistas frecuentemente se comenta que muchos niños que se acercan a la catequesis vienen sin ninguna vivencia previa de la fe. No es sólo que «no saben» las oraciones fundamentales del cristiano. En muchos casos no las han rezado nunca, no han tenido ninguna experiencia de oración en su vida. La catequesis no es únicamente el lugar donde tienen que «aprender» los elementos principales de la oración, de la fe y de la vida cristiana, sino que ha de ser para ellos una iniciación, un aprendizaje a vivir como cristianos: «Hay que ir transformando la catequesis en un proceso global de aprendizaje de la vida cristiana que haga posible una práctica real de la fe en el seno de una comunidad» (Transmitir el tesoro de la fe, nº 17).

Debemos reflexionar sobre las causas de esta situación. Sin pretender acusar a nadie, porque en la Iglesia los problemas no se resuelven acusándonos mutuamente de ser los responsables de la situación que estamos viviendo, debemos reconocer que en muchos de estos casos puede haber fallado la familia: no podemos olvidar que los padres son los primeros educadores de la fe de los hijos. Pero no sólo la familia: nos podemos preguntar si en nuestros colegios ofrecemos ámbitos de experiencia de fe que inicien en la vivencia del Evangelio, si en los grupos de pastoral de infancia y de jóvenes de nuestras parroquias hay de verdad una experiencia de la fe, si en nuestras comunidades cristianas ofrecemos ámbitos para profundizar en la vivencia de la fe.

«La catequesis de nuestro tiempo debe tener un carácter marcadamente evangelizador y misionero» (Transmitir el tesoro de la fe, nº 17). Para que esto sea así nos debemos plantear algunos retos. En primer lugar tendremos que hacer el esfuerzo para que los padres se comprometan en recorrer con sus hijos el camino de fe que se les va a proponer en la catequesis. Gracias a Dios todavía hoy muchos padres piden para sus hijos los sacramentos de la Iniciación cristiana. Este hecho, que es una ocasión para que los niños se acerquen a Jesús, puede ser una ocasión para que también los padres aviven el don de su fe. Si lo hacemos con amabilidad podemos ver resultados sorprendentes.

En segundo lugar debemos intentar que la catequesis no sea una hora de clase semanal para los niños, sino un ámbito de vivencia de la fe. Cuidar los momentos de oración y de escucha de la palabra. Y finalmente invitar a que todo confluya en la Eucaristía, lugar en el que lo aprendido se hace vida. Si conseguimos esto iniciaremos a los jóvenes en la experiencia de la fe.

Que el Señor os llene con su gracia.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa