TAMBIÉN NOSOTROS HEMOS DE DAR LA VIDA POR LOS HERMANOS 09-02-2014

El próximo domingo celebraremos la XXII jornada mundial del enfermo. La enfermedad es una experiencia que frecuentemente se hace presente en nuestra vida. Todos tenemos conocidos, amigos, familiares, personas queridas que han pasado o están pasando por la prueba de la enfermedad. Como cristianos sabemos que no podemos permanecer indiferentes ante quien está atravesando la prueba del dolor. El Señor Jesucristo se compadecía de los enfermos y les abría horizontes de esperanza en sus vidas.

Cuando aparece en nuestra vida la enfermedad inmediatamente surgen los interrogantes existencialmente más fuertes. La fe, la esperanza y la caridad se ponen a prueba: ¿Se puede confiar en Dios en el momento del dolor? ¿Se puede mantener viva la esperanza? ¿La enfermedad es un signo de que Dios no me ama? Son las preguntas fundamentales en la relación del hombre con Dios. El sufrimiento del enfermo no es únicamente un sufrimiento físico. Es también una prueba existencial.

La celebración de la jornada mundial del enfermo debe ser una ocasión para que los sacerdotes y las comunidades cristianas revisemos este aspecto tan importante en la vida pastoral. El Papa, dirigiéndose a los enfermos les ha dicho en el mensaje de este año: “Estimados enfermos, la Iglesia reconoce en vosotros una presencia especial de Cristo que sufre” (nº 1). Estas palabras constituyen una invitación a mirar al enfermo como alguien que está especialmente unido a Cristo, porque dentro de su sufrimiento está el sufrimiento de Cristo, que lleva con él el peso del dolor y le revela el sentido de la enfermedad. El enfermo no está solo en su sufrimiento. La fe le lleva a vivir la enfermedad como miembro del cuerpo de Cristo. En nuestras parroquias, ¿está cuidada especialmente la atención pastoral a los enfermos o las cosas “urgentes” que hay que hacer nos llevan a dejarlos en un segundo plano de nuestras preocupaciones y actividades?

La jornada debe llevarnos a cada uno de nosotros a preguntarnos si nos acercamos con ternura a quienes necesitan atención, si les llevamos esperanza y la sonrisa de Dios que tanto necesitan en su situación. María, siempre atenta a la voz de Dios y a las necesidades de sus hijos, se olvidó de sí misma para ir a visitar a su prima Isabel. Ella es la madre de los enfermos y de todos los que sufren. Que ella nos ilumine y nos ayude a estar cerca de quienes más necesitados están del consuelo de Dios.

Que el Señor nos bendiga a todos con su paz.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa