SUBIÓ AL CIELO 01-06-2014

En el marco de las fiestas de pascua, celebramos este domingo la solemnidad de la Ascensión del Señor. El misterio pascual no consiste únicamente en la resurrección de Jesucristo, sino en su ida al Padre y en la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés, que es el gran Don pascual del Señor Resucitado a su Iglesia. Todas estas celebraciones pascuales iluminan el misterio de nuestra salvación. Tres mensajes encontramos en la liturgia de este Domingo de la Ascensión:

a) El Señor ha vuelto al Padre. No sólo ha vencido la muerte para volver a una vida como la anterior. Su resurrección supone que ha entrado en la dimensión de Dios. Durante el tiempo sagrado de los cuarenta días de las apariciones se deja ver a quienes había escogido como testigos de la resurrección, pero se deja ver como aquél que está en Dios. La Ascensión significa el fin del tiempo de las apariciones y, en cierto modo, su entronización: se sentó a la derecha del Padre. Cristo ha llegado a la meta. A esta meta estamos también destinados nosotros. Nuestra salvación no consiste únicamente en superar la muerte, sino en la vida en plenitud que Cristo Resucitado nos quiere regalar. Esa vida plena no puede alcanzarse lejos de Dios. Cristo no sólo ha roto las ataduras de la muerte, sino que nos ha abierto las puertas del Cielo.

b) El Señor no nos abandona. Su «ida» al Padre está precedida por una promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». El Señor está con nosotros, camina con nosotros, no nos ha abandonado. Esta es nuestra certeza y nuestra alegría mientras caminamos en este mundo. Al igual que los discípulos de Emaús necesitamos muchas veces que el Señor nos abra el corazón y los ojos de la fe para saber descubrir su presencia en el caminar de nuestra vida: la Palabra, la Eucaristía y la comunidad cristiana son los medios queridos por el Señor para alimentar la fe que nos permite descubrir su presencia entre nosotros. Que sepamos valorar estos «sacramentos» que nos llevan a Cristo.

c) Volverá como le habéis visto marchar. Volverá lleno de gloria. La Ascensión es glorificación del Señor. Él ha sido constituido Señor de vivos y muertos. Suyo es el poder y la gloria. Todos lo reconocerán como Señor. La misión de la Iglesia, que se extiende desde la Ascensión hasta su segunda venida, no consiste en otra cosa más que en invitar a todos los hombres a la confesión de Jesús como Señor, al reconocimiento de su señorío sobre todo. Pero es un reconocimiento amoroso. A Jesús se le confiesa como Señor desde el amor. Por ello, la misión de la Iglesia es invitar a todos a amar al Señor, convencidos de que si los hombres de nuestro mundo aman a Cristo, este mundo será también más digno del hombre.

Que el Señor nos bendiga con su gracia.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa