SANTA MARÍA ROSA MOLAS 08-03-2015

El próximo 24 de marzo se celebra el segundo centenario del nacimiento de Santa María Rosa Molas. A lo largo de este año estamos presentando cada mes un ejemplo de los frutos de santidad que la vida consagrada ha producido en la Iglesia. Por la vinculación de María Rosa Molas con nuestra diócesis y para recordar este aniversario, comentaré brevemente el ejemplo de santidad que nos ha legado a todos.

Nació en Reus y es allí donde sintió la llamada del Señor a la vida consagrada y donde, después de vencer la oposición de su familia, comenzó su vida religiosa en el instituto de las Hijas de la Caridad. En 1848 fue nombrada superiora de la nueva casa que el instituto abrió en Tortosa para atender un establecimiento de caridad que dependía del ayuntamiento. A las mismas religiosas se les pidió que se hicieran cargo de una escuela para niñas y del hospital de la Santa Cruz. Para realizar mejor su tarea educativa estudió magisterio. Los pobres, las niñas necesitadas de educación y los enfermos están en el origen de su fundación.

Las tensiones internas que se vivían en su congregación y el deseo de vivir con fidelidad su vocación de llevar el consuelo de Dios a los más pobres, la empujaron a tomar una decisión para ella dolorosa, y que fue apoyada por el obispo de la diócesis: ella y su comunidad se separaron de las hijas de la caridad y fundó una nueva congregación religiosa bajo la advocación de Nuestra Señora de la Consolación.

Los campos de acción de la nueva congregación fueron la atención a los enfermos en los hospitales, las casas de caridad y la actividad educativa. La congregación se extendió por muchas ciudades y pueblos de nuestra diócesis. Cuando falleció el 11 de junio de 1876 dejó un instituto religioso con setenta hermanas y diecisiete fundaciones, la mayoría en poblaciones del territorio que entonces pertenecía al obispado de Tortosa. No se puede entender la historia de la diócesis prescindiendo de la obra fundada por María Rosa Molas.

Una obra como esta y el testimonio de caridad heroica que, tanto ella como las hermanas de la Consolación, dieron en situaciones difíciles como la epidemia de fiebre amarilla de 1870, e incluso en momentos de dificultad por la situación social y política que se vivió en España en muchos momentos del siglo XIX, no se entiende más que desde una profunda experiencia espiritual.

Para poder amar a los enfermos y necesitados hay que compartir su dolor, hacerlo propio, sufrir con el que sufre. Si se vive esta solidaridad profunda que nace de un amor auténtico hacia ellos, el compromiso cristiano lleva a la entrega de la propia vida, a dar no sólo una atención material, sino un afecto lleno de amor. No sólo quería que los pobres y enfermos se sintieran atendidos sino, sobre todo, que se sintieran amados. Estaba convencida de que es el amor lo que permite al pobre llegar a experimentar el consuelo de Dios. Para los enfermos todas las atenciones y delicadezas le parecían pocas.

Por su entrega a los pobres y enfermos llegó a vivir una fe auténtica, que no es otra que aquella que obra por la caridad. Su testimonio es uno de tantos testimonios de fe auténtica y caridad perfecta que la vida consagrada ha ofrecido y continúa ofreciendo a la Iglesia.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.

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