SAN PEDRO Y SAN PABLO 29-06-2014

Si tuviéramos ocasión de preguntar a San Pedro y a San Pablo cuál fue el acontecimiento más importante de su vida, sin duda alguna nos dirían que lo más decisivo que les sucedió fue el haber conocido a Cristo. Pedro lo conoció el día en que el Señor pasó por su vida y le invitó a ir con Él (Mt 4, 19). Pablo se encontró con Él en el camino de Damasco (Hech 9, 1ss). Toda la vida de Pedro consiste en un ir con Cristo, en un seguirle hasta el final (Jn 21, 19). El camino de Pablo es un combate por mantener la fe hasta el momento de ser sacrificado (2Tim 4, 7).

En Cesarea de Filipo Jesús le anuncia a Pedro el primado. Ahora bien, este anuncio es la respuesta de Cristo a la confesión de fe de Simón. Pedro es el primero que a la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos (“vosotros, ¿quién decís que soy yo?” [Mt 16, 15]) responde confesando la fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo» (Mt 16, 16). Porque ha sido el primero en confesar la fe en Jesús como Cristo, recibe la misión de ser la roca firme en la que se apoye la fe de los discípulos para que el poder del infierno no derrote a la Iglesia.

Pablo fue el maestro que interpretó la fe y el apóstol que extendió el Evangelio hasta los confines del mundo. Él, que había sido un perseguidor de la Iglesia, fue el instrumento elegido por Cristo para que su Iglesia adquiriera una dimensión universal.

En la solemnidad de estos dos santos apóstoles, que son las columnas de la Iglesia, agradecemos al Señor el gran tesoro que es para los católicos el ministerio del Papa. Durante las últimas décadas el Señor ha regalado grandes papas a la Iglesia: recordemos a los santos Juan XXIII y Juan Pablo II; a Pablo VI, que dentro de unos meses será beatificado; a Juan Pablo I, que en su breve pontificado irradió la alegría del Evangelio; a Benedicto XVI, que en un gesto de humildad renunció al ministerio del sucesor de Pedro. Todos nos han dado muestra de la sinceridad de su fe. Somos conscientes del gran entusiasmo que despierta el Papa Francisco.

El ministerio del sucesor de Pedro es, en sí mismo, independientemente de quien lo desempeñe en cada momento, un gran tesoro de la Iglesia. El sucesor de Pedro apacienta el rebaño de Cristo con el mismo amor de Cristo, nos garantiza la permanencia en la verdad del Evangelio y nos confirma en la fe. Se trata de una misión que supera las fuerzas de un hombre y que sólo se puede desempeñar con fidelidad si quien ha sido llamado a ella es sostenido por la gracia del Señor.

En alguna ocasión que he tenido de saludar personalmente al Papa, de una manera espontánea me ha pedido que oremos por Él. Del mismo modo que la primera comunidad cristiana oraba a Dios insistentemente por Pedro, yo os quiero invitar a que, en la celebración de la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, oremos insistentemente a Dios por el Papa Francisco, para que el Señor le sostenga y le ilumine en la tarea a la que le ha llamado de ser apóstol y heraldo del Evangelio y la roca firme en la que se apoya nuestra fe.

Recibid todos mi bendición.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa