SACERDOTES Y AMIGOS DEL SEÑOR 12-09-2021

La próxima beatificación de cuatro sacerdotes mártires en nuestra catedral tendría que despertar en todos nosotros el deseo de aprender la lección permanente que ellos, tanto en su vida como en su muerte, nos dejaron, y convertir este aprendizaje en acción de gracias al Señor porque estos testimonios de santidad enriquecen a toda la Iglesia.

En la Carta a los Romanos San Pablo manifiesta una convicción que orienta su vida y todo su ministerio apostólico: “Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados… ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39). Dios nos ha manifestado su amor con tanta claridad en su Hijo Jesucristo que el apóstol Pablo vive con la convicción de que la persecución, la espada o la muerte no lo podrán separar de su amor. Los mártires que próximamente serán beatificados fueron auténticos amigos de Dios, que prefirieron perder la vida antes que perder esa amistad. Para ellos ser amigos del Señor era el tesoro más valioso que habían encontrado. Más que la propia vida. Por eso afrontaron la muerte convencidos que el martirio no solo no los separaba del amor de Dios, sino que ocurría precisamente el contrario: por la muerte esa amistad llegaba a su plenitud. No solo no vivieron la muerte como signo de que Dios no los amaba, sino que la aceptaron convencidos de que era entonces cuando esa amistad que habían cultivado a lo largo de toda la vida se realizaba plenamente.

Eran también sacerdotes, miembros de la Hermandad de Sacerdotes Operarios fundada en nuestra diócesis por el Beato Manuel Domingo y Sol. Uno de ellos nacido en nuestra diócesis. Se dedicaban a educar a los jóvenes y acompañarlos en su camino hacia el sacerdocio. Seguramente habían dado muchos consejos y muchas lecciones a los jóvenes que sentían la llamada del Señor al sacerdocio. Pero en el momento del martirio dieron la lección más importante: se dieron ellos mismos. La muerte se convirtió para ellos en el acto sacerdotal más importante, porque se hizo realidad plena lo que habían querido hacer a lo largo de toda su vida. En efecto, quien siente la llamada al ministerio sacerdotal y responde afirmativamente, quiere entregarse totalmente al Señor. La muerte fue su último acto sacerdotal. Y no solo cronológicamente hablando, sino el más importante, el acto que consumaba su sacerdocio llevándolo a su plenitud. El culto que habían celebrado a lo largo de toda su vida, se convirtió en un culto existencial, en ofrenda y donación de sí mismos. No les quitaban la vida, sino que ellos la ofrecieron.

Al mismo tiempo que agradecemos al Señor estos testimonios de ofrenda sacerdotal, le pedimos que el ejemplo de estos hermanos nuestros suscite en los jóvenes un espíritu abierto a su llamada, y que aquellos que la han escuchado sientan el deseo de servirlo con santidad y justicia y de entregarse totalmente por la salvación de todos los hombres.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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