QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR 18-06-2017

Este domingo celebramos la solemnidad del Corpus Christi. En ella, los católicos confesamos públicamente nuestra fe en la presencia del Señor en la Eucaristía, mostramos la importancia que tiene para nuestra vida cristiana y le agradecemos el don inmenso que es para nosotros este sacramento.

Desgraciadamente, en el momento actual muchos cristianos no sienten la necesidad de la Eucaristía. Para mí, uno de les fenómenos más preocupantes actualmente en la Iglesia es el abandono de la Misa dominical por parte de la mayoría de los bautizados. Este hecho tiene graves consecuencias para la vida de la fe. Quien deja de participar en la Eucaristía vive, en primer lugar, un proceso de distanciamiento interior de Cristo, y su amistad con el Señor se va enfriando progresivamente hasta morir. Además, también se va separando de la Iglesia hasta llegar a sentirse extraño en ella. Una experiencia humana nos puede ayudar a entenderlo: si alguien, pudiendo hacerlo, deja de participar durante mucho tiempo en las celebraciones de su familia, se distancia interiormente de ella y cada vez tiene menos ganas de reunirse con los suyos porque acaba sintiéndose extraño e incómodo. El vínculo de amor que le unía a sus hermanos ha muerto. El amor a Cristo y a los hermanos en la fe se fortalece participando en la celebración eucarística.

El Concilio Vaticano II ha querido inculcar en el corazón de los católicos el amor a la Eucaristía y ha enseñado, con expresiones de una gran profundidad, la necesidad absoluta de este sacramento para la vida del cristiano y de la Iglesia. En la Constitución sobre la Iglesia afirma que esta «vive y se desarrolla sin cesar» por la Eucaristía (nº 26). En la Constitución sobre la sagrada liturgia enseña que del misterio eucarístico «mana hacia nosotros, como de una fuente, la vida de la gracia» (nº 10). Y en el Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros se dice que en este sacramento «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: Cristo, nuestra Pascua» (nº 5).

Después de escuchar a aquel desconocido que se había unido a ellos en el camino y les explicaba las escrituras, los dos discípulos de Emaús sintieron el deseo de estar más tiempo con ese personaje a quien todavía no habían reconocido, y le pidieron que se quedara con ellos (Lc 24, 29). Y cuando lo reconocieron en la fracción del pan se volvieron a Jerusalén, «donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros» y «les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» (Lc 24, 33-35). En el pan partido descubrieron al Señor, que había caminado y se había quedado con ellos. Su corazón se llenó de alegría.

Esta alegría por la cercanía del Señor es la que queremos comunicar hoy a todos: en el pan partido de la celebración de la Eucaristía nuestra vida se llena de gozo porque el deseo de estar con el Señor se hace realidad; y en la procesión eucarística que recorre las calles de nuestros pueblos y ciudades la Iglesia proclama que nada le hace perder la paz, porque tiene la certeza de caminar acompañada por Cristo. ¿No es triste la indiferencia de tantos católicos hacia la Eucaristía?

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa