PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR (Lc 1, 46) 28-05-2017

El mes de mayo, que en la tradición católica está especialmente dedicado a la Virgen María, concluye con la fiesta de la Visitación de la Virgen a su prima Isabel. Estamos ante el segundo acontecimiento de la vida de María que nos narran los evangelios. Continuando con las meditaciones sobre los misterios de su vida, que iniciamos hace dos semanas y que estarán presentes durante la celebración del año jubilar mariano que el Papa ha concedido a nuestra diócesis, os invito a reflexionar sobre algunos detalles de este acontecimiento.

El evangelista San Lucas nos dice que durante el diálogo que el ángel Gabriel mantuvo con María en el momento de la anunciación, le comunicó que Isabel había concebido un hijo. La reacción de la Virgen ante este anuncio fue levantarse y ponerse en camino «de prisa» (Lc 1, 39) para ir a encontrarse con su prima. María reaccionó como después lo harían los pastores cuando escucharon la noticia del nacimiento de Jesús: también ellos «fueron corriendo» (Lc 2, 16) a Belén a ver lo que había sucedido. Tanto María como los pastores, diríamos en nuestro lenguaje, no se lo pensaron dos veces. Y es que, para quien vive bajo el signo de la gracia, las cosas de Dios no admiten demora. La pronta reacción de María es modelo de cómo deberíamos reaccionar los creyentes en relación con los asuntos que tienen que ver con Dios. Si marchó sin pensarlo dos veces es porque para Ella lo primero y lo más importante era prestar atención a las cosas de Dios.

El encuentro con Isabel es también modelo de diálogo entre dos personas que, al estar llenas del Espíritu Santo (Lc 1, 35. 41), viven en el ámbito de la gracia de Dios: comparten el gozo de la fe y no rivalizan entre ellas, como frecuentemente hacemos las personas, por ver cuál de las dos era más importante. La gracia despierta en ellas un sentimiento de humildad. Isabel saluda a María llamándola «Bendita entre las mujeres» (Lc 1, 43) y confiesa que su presencia y la del hijo que lleva en sus entrañas es una gracia inmerecida para ella: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1, 43). María, por su parte, no se alaba a sí misma, ni proclama su grandeza: la que se había confesado la esclava del Señor, en presencia de su prima manifiesta su alegría porque Dios «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 48). El auto-engrandecimiento personal es totalmente contrario a la gracia de Dios.

La escena concluye con el magníficat. María, que habitualmente permanece en el silencio, en este momento abre su corazón a Dios y nos deja entrever también a nosotros los sentimientos que suscita en Ella el Espíritu Santo: alabanza a Dios; alegría en el Señor; humildad; proclamación de la santidad, la misericordia y la fidelidad de Dios no sólo con Ella, sino con su pueblo, con los humildes de la tierra, con los últimos de nuestro mundo y, en definitiva, con aquellos que todo lo esperan de Dios su salvador. María no piensa únicamente en ella y en su prima: nos anuncia que lo que el Señor ha hecho en ellas es lo que quiere hacer en todos y cada uno de sus hijos.

Que en este año jubilar la Virgen nos conceda el don de la alegría de la fe.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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