PENTECOSTÉS 08-06-2014

Como culminación de las fiestas de Pascua celebramos la solemnidad de Pentecostés. El Don del Espíritu, enviado por el Señor Resucitado, se extiende a toda la creación y todo lo hace nuevo. Celebrar Pentecostés es abrirse a la acción renovadora del Espíritu en nuestras vidas personales, en nuestra Iglesia y en nuestro mundo.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado» (Rm 5,5). Por este Espíritu podemos llamar a Dios Padre, abrirle nuestro corazón con la confianza de hijos y apoyarnos en Él en todas las situaciones de nuestra vida. Sin el Espíritu Dios se convierte en una idea vaga e impersonal que me deja indiferente o en alguien ante quien me sitúo únicamente desde el miedo y el temor.

«El Espíritu… será quien os le enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26) “…os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 13), es decir, al conocimiento de Cristo. Gracias a Él Cristo no es para nosotros un personaje del pasado del que únicamente podemos saber cosas, sino alguien que está vivo y presente en el camino de nuestra vida, a quien podemos llegar a conocer personalmente, con quien nos podemos encontrar y vivir una relación de amistad que nos llena de alegría y de vida.

«La letra mata. El Espíritu da vida (2 Cor 3, 6)». Sin el Espíritu, el Evangelio sería una letra muerta que, al ser vivida sin amor a Jesucristo, esclaviza y oprime, por lo que tendemos a reducirla a mínimos. Por la acción del Espíritu el Evangelio se convierte en potencia de vida, porque el Espíritu nos empuja a vivir según las Bienaventuranzas y nos ayuda a descubrir que la plenitud de la ley es la caridad.

El Espíritu, enviado el día de Pentecostés, nos enseña a vivir en la Iglesia. Sin Él, la Iglesia sería una mera organización humana, impersonal como tantas estructuras que hacemos los hombres. Él nos enseña a vivir en la Iglesia dando siempre más importancia a las personas que a las estructuras; haciendo de ella una casa y escuela de comunión en la que se refleje ante el mundo el amor que se vive en la Trinidad; haciendo que la ley suprema entre los cristianos sea siempre la caridad y que la Iglesia sea, ante este mundo dividido, un lugar de perdón, un espacio donde con confianza se pueda pedir perdón y se perdone de corazón.

El Espíritu, enviado a los Apóstoles, les empuja a vivir su autoridad como servicio. Sin el Espíritu, la autoridad en la Iglesia fácilmente se convierte, como tantos poderes de este mundo, en un instrumento de dominio y de afianzamiento del propio poder. Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu la autoridad se vuelve servicio, porque está siempre al servicio de la caridad y de la comunión eclesial y se ejerce con métodos evangélicos.

El Espíritu es fuerza para la misión. Por Él el anuncio del Evangelio es algo más que una publicidad. Es testimonio de creyentes dispuestos a entregar la propia vida al servicio de la verdad del Evangelio.

Una Iglesia abierta al Espíritu es una Iglesia que quiere vivir la propia vida con autenticidad y sencillez evangélica y en ello encuentra la alegría. Cuando nos cerramos al Espíritu, la vida cristiana se vuelve triste.

Que acojamos en nuestra vida el Don que el Señor nos envía.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa