PARÁBOLAS DE LA MISERICORDIA (y IV): El buen samaritano (Lc 10, 25-37) y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) 13-03-2016

La parábola del Padre misericordioso, terminaba con unas palabras dirigidas al hijo mayor que contienen la enseñanza que Jesús quería transmitir a quienes criticaban su modo de actuar: quien no es capaz de alegrarse por el regreso del hermano que se había perdido es porque no ha conocido el corazón del Padre. En el evangelio de Lucas encontramos dos parábolas que contienen otra enseñanza: quien no se compadece del hermano necesitado tampoco ha conocido a Dios. Como todas las parábolas de la misericordia, también estas presentan situaciones con contrastes muy acentuados, lo que ayuda a entender fácilmente el mensaje que el Señor quiere transmitir.

La parábola del buen samaritano es la respuesta a las preguntas que un maestro de la ley le formula a Jesús «para ponerlo a prueba» (Lc 10, 25). Lo primero que sorprende es que Jesús, que en un primer momento es «examinado» por el maestro de la ley, acaba convirtiéndose en el examinador. El escriba tiene una inquietud. Se pregunta por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna. Muestra conocer lo esencial de la ley. Pero su mentalidad legalista aflora pronto: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 12, 29). Quiere saber exactamente a quién está obligado a amar. Era una cuestión disputada entre las escuelas teológicas en tiempos de Jesús.

Para responder a esta cuestión, Jesús narra la parábola del buen samaritano. Aquí aparece el gran contraste. Aquellos que se dedicaban al culto, al ver al moribundo evitan encontrarse con él. Es un samaritano (con quienes los judíos no se hablan) quien «se compadeció» de él. Esta expresión es importante. Frente a la indiferencia del sacerdote y del levita, la visión de aquel hombre medio muerto toca las entrañas del samaritano, hasta el punto que se pone a actuar. Estamos ante un ejemplo de auténtica misericordia: en el samaritano se unen la compasión y la acción. Toda su persona se vuelca en aquel hombre medio muerto.

El final nos resulta sorprendente. La pregunta decisiva no es la que hace el maestro de la ley a Jesús, sino la que Jesús le dirige a él y a todos nosotros: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” (Lc 10, 36). Y es que no se trata de distinguir a los otros entre prójimos y no prójimos, sino de hacerse prójimo del más necesitado. La pregunta teórica del escriba ha sido transformada por Jesús en un interrogante dirigido a nuestro corazón.

La parábola del pobre Lázaro es la respuesta de Jesús a las burlas de los fariseos, «que eran amigos del dinero» (Lc 16, 14), por sus enseñanzas sobre la imposibilidad de «servir a Dios y al dinero» (Lc 14, 13). También en ella encontramos contrastes: entre la extrema riqueza y la extrema pobreza; entre el anonimato en que queda el rico y la identidad concreta del pobre (es el único personaje de una parábola a quien Jesús puso nombre. San Agustín afirma que esto se debe a que su nombre estaba inscrito en el libro de la vida); entre el destino del pobre y la suerte final del rico. La parábola nos recuerda la escena del juicio final del evangelio de Mateo (Mt 25) y nos advierte que en la práctica de la misericordia no estamos ante una cuestión secundaria en la vida cristiana y que esto está suficientemente claro en la Palabra de Dios.

No olvidemos que Dios nos habla en los pobres y necesitados.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.