PARÁBOLAS DE LA MISERICORDIA (III): El Padre misericordioso 06-03-2016

Entre todas las parábolas de la misericordia que encontramos en el evangelio de San Lucas, la más conocida es la del hijo pródigo. Estamos ante la que algunos exegetas consideran «la parábola por excelencia». La Iglesia nos la ofrece como texto evangélico para la celebración de la Eucaristía de este cuarto domingo de Cuaresma. Actualmente hay un gran consenso entre los estudiosos de la Sagrada Escritura en que el personaje más importante de la parábola no es el hijo que ha marchado de casa, sino el padre que lo acoge con una «compasión excesiva» cuando este regresa. Por ello muchos piensan que se le debería cambiar el título: no es propiamente una parábola dedicada al hijo pródigo, sino al padre misericordioso.

Estamos ante una parábola con la que Jesús pretende justificar su comportamiento frente a las murmuraciones de los fariseos y escribas que, al ver que «solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo» (Lc 15, 1), decían: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 2). Para responder a estas críticas, Jesús les dice tres parábolas: la de la oveja perdida y encontrada (Lc 15, 3-7), la de la moneda perdida y encontrada (Lc 15, 8-10) y la del hijo pródigo, que también «estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15, 24. 32).

En esta última, Jesús nos sitúa ante un caso extremo. La decisión del hijo menor es el rechazo más grande que pueda tener un hijo hacia un padre: pedir la herencia en vida del padre es como desearle la muerte. Abandonar la casa es decirle que ya no quiere saber nada de él. Las mismas motivaciones del hijo al regresar no están inspiradas por el amor, sino por el interés. La necesidad es tan grande que le lleva a superar la vergüenza. La reacción del padre se sitúa en el extremo opuesto: para él, su hijo continúa siendo su hijo, por muy grande que haya sido su desprecio. Mientras que los escribas y fariseos ven a los pecadores como tales, Dios los ve como hijos suyos. Jesús tiene esta mirada del Padre: el pecador no deja de ser hijo de Dios.

El padre, al ver al hijo, «se le conmovieron las entrañas» (Lc 15, 20). No le deja terminar el discurso que se había preparado. Inmediatamente le restituye a la dignidad de hijo y celebra un banquete. Así manifiesta la alegría que hay en el cielo cuando un pecador se convierte (Lc 15, 7. 10). Jesús nos descubre que el corazón de Dios no es el de un juez implacable, sino el de un padre misericordioso.

En las tres parábolas se destaca la alegría que sienten el pastor cuando encuentra a la oveja (Lc 1, 5), la mujer cuando encuentra la moneda (Lc 15, 9) y el padre cuando el hijo regresa a la casa (Lc, 15, 20); y invitación a compartir esa alegría (Lc 15, 6. 9. 32). Aquí encontramos la respuesta de Jesús a esos fariseos y escribas que lo criticaban: quien, considerándose justo, no se alegra por el hecho de que los pecadores se acerquen a la salvación, no ha conocido a Dios ni siente como Él y, por muy religioso que sea, está tan necesitado de abrir su corazón al amor del Padre, como el hijo que ha marchado de casa.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.

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