NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS, VOLVERÉ A VOSOTROS 14-05-2023

En la historia del crecimiento de la Iglesia primera empieza una nueva etapa. La anterior había sido presidida por la figura ideal del protomártir Esteban; la de ahora girará en torno a la actividad misionera de Felipe, denominado evangelista (Ac 21,8), que fue uno de los Siete elegidos para ocuparse del servicio de las mesas (Ac 6,3s).

Esto muestra que ni los Doce tienen que abandonar la tarea de la caridad ni los Siete pueden prescindir de la misión evangelizadora.

La 1ª carta de Pedro, en la parte central (2,1-4,11), insiste en las exigencias del vivir como cristianos: Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones. Este deber básico implica muchas dimensiones. Pero hay una particularmente necesaria en la misión evangelizadora: dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza.
El estilo de vida auténticamente cristiano siempre provoca interrogantes en quienes no comparten nuestra fe: ¿por qué vivís así? ¿Por qué no seguís los criterios de la mayoría? Si nuestra manera de pensar y de vivir no provocan estos interrogantes en una sociedad dominada por los ídolos del placer y del dinero, es señal de que no estamos viviendo como auténticos seguidores de Jesucristo.

Ante este reto hay que vivir realmente la esperanza propia de los cristianos: la firmeza de la esperanza (1Te 1,3) que nace de la actividad de la fe vivida en medio de todas las circunstancias de la vida.

Pero se nos pide también dar razón de nuestra esperanza. Porque además del testimonio de vida, la evangelización exige poder dar razón, motivo por el cual se necesita una formación sólida, explicativa y entendedora, de nuestra identidad cristiana como motor de nuestro estilo de vida.

Jesús dijo: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”: Decir que le amo y no hacer caso de su enseñanza, es un contrasentido. Con razón afirma Jesús que el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama.

El auténtico amor va mucho más allá de un simple sentimiento que a menudo viene sin buscarlo y se va sin poderlo impedir.

El amor es una vocación fundamental innata de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios que es amor. Amar de verdad es parecernos a Dios.

La reciprocidad del amor muestra la interconexión entre el amor recibido y el dado. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito: de hecho, nuestro primer gran Defensor-Paráclito es el mismo Padre Dios que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8,32).

El otro gran Defensor-Paráclito de cada cristiano es Jesucristo que me amó y se entregó por mí (Ga 2,21).

Pero nuestro Abogado Defensor Paráclito por excelencia es el Espíritu Santo de quien dice Jesús: Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Enviándonos a su Espíritu, Jesús hará realidad su Promesa: No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros.

Con esta triple referencia al Paráclito, atribuida a las tres Personas de la Santísima Trinidad, se está subrayando la Unidad de un solo Dios en tres personas divinas distintas.

Con el Evangelio de Jesucristo como referencia concreta del gran Plan de Dios y el mensaje del Mandamiento nuevo del amor como eje vertebrador: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros.


La Pascua del Enfermo que celebramos hoy nos recuerda a un grupo preferido de Jesús, los enfermos. ¡No los dejemos huérfanos! ¡Seamos para ellos el brazo extendido del Resucitado!

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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