NAVIDAD: UN HECHO QUE HA CAMBIADO EL MUNDO 21-12-2014

Dentro de unos días celebraremos un año más la fiesta del Nacimiento de Cristo. Se trata de un tiempo entrañable, en el que afloran los mejores deseos que hay en el corazón de las personas. Pero también son días de una cierta nostalgia: descubrimos que esos deseos no son siempre realidad, que en nuestro mundo no todo es bonito, que dos mil años después de nacer el «príncipe de la paz» las guerras y los odios continúan sembrando muerte y destrucción entre los hombres y muchas veces en nombre de Dios, que los egoísmos y las injusticias están muy presentes en las relaciones entre las personas y entre los pueblos. Nuestro mundo no es tan bonito como la Navidad nos lo hace creer.

Ante la realidad que nos rodea, que no en precisamente idílica, un no creyente nos podría decir a los cristianos que no tiene ningún sentido que celebremos la fiesta del nacimiento del Señor: ¿Para qué celebrar la Navidad si después de más de dos mil años este mundo sigue igual? ¿Dónde están los anhelos de justicia y de paz que el Mesías iba a hacer realidad? Si después de tanto tiempo nuestro mundo no ha cambiado en nada ¿No será una ilusión infantil celebrar el nacimiento del Señor?

Para un cristiano esta mirada de la realidad es superficial. Es cierto que aparentemente no ha cambiado nada, pero nosotros sabemos que con la venida del Hijo de Dios en la verdad profunda de las cosas ha cambiado todo. El nacimiento de Cristo es una luz que ilumina la oscuridad de nuestro mundo, una luz que ha encendido tantos corazones con el amor de Dios y los ha hecho sembradores de esperanza y de alegría, que sin esa luz nuestro mundo sería mucho peor. Sin Cristo el nuestro sería un mundo sin orientación, sin esperanza, sin un horizonte de vida. Esto es lo que celebramos y esta certeza es lo que nos anima a celebrar, año tras año, la fiesta del nacimiento del Señor.

El acontecimiento que celebramos no tiene nada de espectacular: No fue anunciado por los medios de comunicación sino que aconteció en el silencio de la noche, no ocurrió en una ciudad importante sino en la más pequeña de todas las aldeas de Judá, no sucedió en una mansión noble sino en la pobreza de una cueva. Pero en su sencillez fue la primera semilla del Reino de Dios que se sembró en nuestro mundo.

En Navidad contemplamos al Hijo de Dios que todavía no hace nada útil para el mundo, que todavía no dice una palabra iluminadora a los hombres, pero nos alegramos con su presencia, porque sabemos que el hecho de que el Hijo de Dios haya entrado en nuestro mundo, haya compartido nuestra vida, haya asumido nuestra historia es ya una buena noticia para todos los hombres, especialmente para todos aquellos que aparentemente no tienen motivos para la esperanza.

La persona más triste y más pobre de nuestro mundo es aquél que piensa que no tiene a nadie que le quiera. La pobreza más extrema es la de quien no se siente amado. Navidad es una buena noticia para todos, porque después de que Cristo haya venido al mundo, nadie puede decir que no tiene a nadie que le quiera. Todos tenemos la certeza de que Dios nos ama y nos lo ha mostrado enviando a su Hijo al mundo.

Feliz Navidad.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa