NAVIDAD DESDE LA ÓPTICA DE DIOS 25-12-2022

El evangelista Juan, con mirada de águila, contempla en su Prólogo el hecho histórico de la Navidad destacando cómo lo que pasó en Belén tiene sus orígenes en Dios, y por tanto en la eternidad.

En el principio, es decir, en la eternidad antes de que la tierra existiera (Eclesiástico 24,9), cuando solo existe el Eterno, el Dios sin comienzo ni final, en aquel entonces de atemporalidad, ya existía el Verbo, de quien el Evangelio irá revelando su identidad.

El personaje en cuestión es denominado el Verbo, el Logos, porque su misión será revelar y dar a conocer a Dios, a quién nadie lo ha visto jamás.
De Él se dice de entrada que estaba junto a Dios, dinámicamente orientado hacia el Padre; hasta completar la descripción de su identidad afirmando que era Dios, explicitando su identidad divina.

Por su condición divina, ya en la trascendencia de la meta-historia, el Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre: pero esta cualidad suprema todavía no tenía suficiente eficacia salvífica, porque estaba bien lejos de la humanidad.

Preparando el acontecimiento de su venida al mundo, surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El Bautista, de quien a su tiempo todos se preguntaban en su interior si no sería el Mesías (Lc 3,15), a pesar de que no era él la luz, sino el que daba testimonio alentador con plena credibilidad.

Ante la presencia del Hijo Unigénito de Dios en el mundo, hay varias reacciones: el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció; peor aún: vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, con identidad dinámica que hay que activar día detrás día para crecer. Porque llegar a ser hijos de Dios no hace referencia a un momento puntual sino a toda la vida.

La afirmación clave de todo el Prólogo-resumen de Juan y de nuestra fe cristiana es que el Verbo se hizo carne. Por eso el Catecismo enseña que “La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana” (CCE 463).

Si nuestra Navidad no refleja esto, no es auténtica Navidad de Nuestro Señor Jesucristo. El Verbo, el Logos, presentado antes como Dios, es ahora presentado como hecho carne. La gloria divina que a Jesús de Nazaret le corresponde como Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, la tenemos que contemplar en clave de Encarnación histórica: la de la Navidad histórica en Belén hace más de dos mil años, y la de nuestra Navidad 2022.
Él habitó entre nosotros y sus discípulos no podemos vivir nuestra fe al margen de su presencia salvadora en medio sobre todo de los desheredados de nuestra sociedad. Contemplar la gloria del Unigénito del Padre nos tiene que llevar a reconocerlo con sus señas perpetuas de identidad: en pañales como cualquier bebé y acostado en un pesebre (Lc 2,12) como tantos pobres de hoy.

En Belén no había sitio para ellos en la posada (Lc 2,7): por eso nosotros en la contemplación piadosa de Dios Niño tenemos que añadir inseparablemente el compromiso de caridad hacia los sintecho, porque al Dios hecho hombre por nosotros no se lo encuentra ni se lo adora en nubes híper-uránicas al margen de quienes sufren y de las angustias de la sociedad.

Si lo hacemos así, ¡Feliz y Santa Navidad 2022!

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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