MISIONEROS MÁRTIRES DE NUESTRA DIÓCESIS (I): EL BEATO JACINTO ORFANELL 06-10-2019

En nuestra diócesis hemos comenzado el Mes Misionero Extraordinario recordando a los tres misioneros nacidos en nuestros pueblos, cuya santidad ha sido reconocida por la Iglesia, que los ha elevado al honor de los altares. Aunque es en los pueblos donde nacieron donde son recuerdados de una manera especial, el testimonio de su generosidad al servicio del Evangelio, de su vida santa y de su martirio, engrandece la historia de nuestra diócesis. La celebración de este mes misionero es una buena ocasión para que los recordemos.

El primero fue el beato Jacinto Orfanell. Nace en La Jana en 1578. Comienza sus estudios en el convento de los dominicos de Sant Mateu. Después estudia en Valencia, Alcalá de Henares y Lleida. En el año 1600 solicita ingresar en la Orden dominicana en el convento de Santa Catalina, de Barcelona. Hecha la profesión religiosa le envian a completar los estudios en Tortosa. Sus superiores quieren que se dedique a la enseñanza de la teología, pero él manifestó su deseo de ser misionero en Asia. El 28 de julio de 1605 inicia el viaje que le llevaría en primer lugar a Filipinas, adonde llega el 30 de abril de 1606. El 25 de junio de 1607 llega a Japón, su destino misionero definitivo. La situación de los cristianos no era fácil: diez años antes habían sufrido el martirio Pablo Miki y sus compañeros y se habían destruido 137 iglesias. Los misioneros estaban sometidos a fuertes controles por parte de las autoridades y en la vida de la Iglesia se alternaban periodos de una libertad relativa con épocas de persecuciones. Después de cuatro años en la misión de Hizén, donde habían evangelizado libremente, en 1613 son expulsados y se trasladan a Nagasaki. En 1615 se decretó la expulsión del Japón.

Jacinto Orfanell y otros religiosos, cuando el barco que les llevaba al destierro ya se había adentrado en el mar, ayudados por algunos cristianos regresaron a escondidas con unas barcas a Nagasaki, donde clandestinamente continuaron sosteniendo la fe de los cristianos que sufrían persecución y reconciliando a los que por miedo al martirio habían negado públicamente la fe. En sus cartas e informes encontramos abundantes noticias sobre las torturas a las que éstos eran sometidos.

El 25 de abril de 1621 es apresado cuando visitaba a unos cristianos en una aldea y lo trasladan a Nagasaki, a una cárcel construída para los religiosos que se encontraban clandestinamente en Japón. Desde allí escribió algunas cartas en las que manifiesta la convicción de que el martirio estaba cerca, y su disposición “con la ayuda del Señor -dice en su última carta desde la cácel- a padecerlo todo por su santo nombre y fe, que es la que nos tiene enseñada la Santa Madre Iglesia Romana, en cuya creencia hemos vivido, y ahora morimos con sumo gusto y alegría”. El día 9 de septiembre fue condenado a morir quemado y ejecutado al día siguiente junto con los otros misioneros encarcelados con él. Su pasión por el Evangelio y amor a los cristianos del Japón le llevó a entregar la vida por Cristo.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.