MARÍA Y LA IGLESIA 07-06-2014

El verano y el comienzo del mes de septiembre están llenos de celebraciones en nuestros pueblos y ciudades en honor de los santos patronos. Muchas de estas fiestas están dedicadas a la Virgen María, que es venerada en nuestras tierras con muchas advocaciones. En la catedral de Tortosa, sede de la diócesis, celebramos el primer domingo de septiembre la festividad de la Virgen de la Cinta. De un modo espontáneo el pueblo cristiano expresa en estas celebraciones la relación singular que une a María con la Iglesia.

En el Concilio Vaticano II el magisterio de la Iglesia ha expresado con claridad esta relación. En el número 53 de la Lumen Gentium se afirma: “(La Virgen María) es saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor. La Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, la honra como a madre amantísima con sentimientos de piedad filial” (LG 53). En esta afirmación se expresa una triple relación de la Virgen con la Iglesia: se afirma que es miembro de la Iglesia, prototipo y modelo de la misma y se enseña que la Iglesia, «enseñada por el Espíritu Santo, la honra como a madre amantísima”.

Que es miembro eminente de la Iglesia significa que su vivencia del Evangelio tiene un carácter único. A diferencia de los santos, en quienes destaca siempre un aspecto del Evangelio, cuando contemplamos el camino de fe de María, tenemos la sensación de que en ella no destaca nada. Este “no destacar nada” no significa mediocridad en la vivencia del Evangelio, sino la armonía con la que María ha sabido integrar todas las exigencias del Evangelio en su propia vida. Podemos decir que si en ella no destaca nada es porque en realidad en ella destaca la totalidad del Evangelio vivido con una plenitud y una perfección absolutas.

Por ser modelo de la Iglesia hay que afirmar que la santidad de María es inseparable de la santidad de la Iglesia, que la Iglesia, aunque esté formada por pecadores, es esencialmente santa porque María, que es plenamente santa, es miembro de la Iglesia. La santidad de la Iglesia no es únicamente cosa del futuro, sino que ya se ha realizado en uno de sus miembros.

La maternidad de María le recuerda a la Iglesia cómo está llamada a vivir su misión en el mundo. La Iglesia actúa en él para testificar el amor de Dios a los hombres, no para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Cristo. El amor de la Iglesia a los hombres debe ser paterno y materno. A ejemplo de María la Iglesia debe ser para todos una auténtica madre de misericordia, debe amar a todos los hombres al modo de María.

Que las celebraciones de nuestros pueblos nos ayuden a mirar a María con ojos de fe y de amor, a vivir cada día el Evangelio con mayor plenitud, a progresar por el camino de la santidad y a amar con misericordia a todos los hombres.

Que experimentemos todos la protección de María.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa