LAS OBRAS DE MISERICORDIA (III): VESTIR, ACOGER, ENTERRAR 26-06-2016

Como decíamos la semana pasada, las dos primeras obras de misericordia corporales (dar de comer al hambriento y de beber al sediento) buscan remediar las pobrezas más extremas en las que las personas se pueden encontrar, porque sin comida y bebida no se puede vivir. Pero los cristianos no nos podemos contentar únicamente con que las personas vivan, sino que tenemos que procurar que sean tratadas y puedan vivir con dignidad.

En la Sagrada Escritura la desnudez es expresión de marginalidad, por lo que tiene una connotación negativa: denota humillación y esclavitud (Gn 37, 23; Is 20, 4), indigencia (Jb 24, 7) e incluso enajenación mental (Mc 5, 1-20). Y es que la desnudez está asociada a los efectos del pecado original (Gn 3, 7). Por el contrario, el vestido es signo de la condición espiritual del hombre e incluso de su dignidad de hijo de Dios redimido por Cristo. De hecho, en el Nuevo Testamento se describe a los creyentes como aquellos que «se han revestido del hombre nuevo» (Col 3, 10) o como quienes se «han revestido de Cristo» (Ga 3, 27). Vestir al que va desnudo significa dignificar a la persona marginada, tratarla con la dignidad que se merece como ser humano y ayudarla a reintegrarse en la comunidad humana.

Durante estos últimos años, cada día escuchamos noticias sobre los fenómenos migratorios de las personas que buscan una vida mejor que la que encuentran en su tierra; o sobre las personas que tienen que huir de su país por temor a perder la vida debido a situaciones de guerra; o porque pertenecen a grupos religiosos o étnicos sistemáticamente perseguidos. No lo hacen por gusto: arriesgan su vida, frecuentemente son explotados por mafias sin escrúpulos que se aprovechan de su situación y el término de su viaje es inseguro. Muchas veces, cuando llegan a su destino se encuentran con incomprensión y rechazo y no reciben el trato que corresponde a su dignidad de personas. Para Israel, la acogida del extranjero es uno de los preceptos más importantes de la ley (Lv 19, 33-34), porque el Pueblo también fue extranjero en Egipto. El cristiano está llamado a «practicar la hospitalidad» (Rm 12, 13), es decir, a acoger al forastero y ayudarle a que en la medida de lo posible viva con dignidad. Que el egoísmo no nos lleve a olvidar esta obra de misericordia.

El hombre ha sido creado a imagen de Dios y el cuerpo forma parte de su ser. Además, el cristiano no puede olvidar que su cuerpo, llamado a la santidad, es templo del Espíritu. Por ello debe ser tratado con la dignidad que se debe a toda la persona. Para Israel la privación de la sepultura es un mal terrible, un signo de abandono y de castigo por parte de Dios. El cristiano, por la fe en la resurrección de la carne, sabe que el cuerpo resucitará como el de Cristo, por lo que dar sepultura digna a todas las personas es a la vez signo de veneración y de respeto, y profesión de fe y de esperanza en la resurrección.

Que estas tres obras de misericordia nos ayuden a respetar la dignidad de todo ser humano.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa