LA SANTIDAD EN LA VIDA DE LA IGLESIA 26-01-2014

Durante los últimos días del mes de enero se unen las celebraciones de las fiestas litúrgicas de dos santos y un beato naturales de nuestra diócesis. El día 23 de enero recordamos a Sant Francesc Gil de Frederic, el 27 a Sant Enric d’Ossó i Cervelló y el 29 al beato Manuel Domingo i Sol. Son unas fechas en las que tenemos que agradecer a Dios el regalo que ha hecho a nuestra diócesis en estos tres hijos de la Iglesia, y le pedimos que siga bendiciéndonos con el don de la santidad.

Estamos ante tres historias de vida cristiana muy distintas, pero las tres apasionantes: Francesc Gil de Frederic vivió durante el siglo XVIII. Ingresó en la Orden de Predicadores y manifestó siempre una inquietud misionera. Tuvo que esperar un tiempo para que sus superiores le permitieran realizar este deseo. Al final es destinado a Tonkin, donde atendió a más de 40 comunidades cristianas. Encarcelado en 1737, siempre manifestó una entereza y una constancia en la fe que causaba la admiración de sus carceleros. Fue decapitado en 1745. En su testamento dice a los cristianos: «Amaos unos a otros. Manteneos en la fe de Jesús. Trabajad por difundirla. No perdáis la esperanza en Dios, nuestro Padre». Es lo esencial de la vida cristiana: fe, esperanza y caridad.

Enric d’Ossó i Cervelló nació en Vinebre. Fue profesor del seminario y desarrolló una importante labor de organización de la catequesis de nuestra diócesis, preocupándose de la formación de los catequistas. Fundó distintas asociaciones laicales y la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Falleció en 1896. En una situación convulsa política y religiosamente, como fue la segunda mitad del siglo XIX, Enric d’Ossó fue un apóstol de los jóvenes, un gran pedagogo que supo poner sus cualidades al servicio de la transmisión de la fe, y un sacerdote de una profunda espiritualidad marcada por Santa Teresa de Jesús.

Manuel Domingo i Sol, un sacerdote tortosino que vivió su sacerdocio con una entrega absoluta al servicio de la Iglesia como párroco, misionero, apóstol de los jóvenes, animador de círculos para obreros y patronos, apóstol de la reparación, etc… Sacerdote de un gran celo apostólico, convencido de que «no estamos destinados a salvarnos solos». Entre su inmensa labor apostólica destaca su preocupación por el fomento y el cuidado de las vocaciones sacerdotales, en un tiempo en el que las vocaciones eran abundantes, pero no se cuidaba mucho la formación de los candidatos. Este trabajo fue «su gozo y su corona».

Estamos ante tres hombres muy diferentes en su vocación y en sus historias personales, pero hay algunos rasgos que son comunes a todos ellos: la inquietud por darse totalmente a Jesucristo, una entrega que les llevaba a no quedarse encerrados en una vida cómoda. También les une un gran amor al Señor y a su Iglesia y un deseo de descubrir las necesidades de la Iglesia de su tiempo y dar respuestas apostólicas. Las misiones, la catequesis, la educación de los jóvenes y las vocaciones sacerdotales son también retos de la Iglesia hoy. Que ellos nos iluminen y que su testimonio nos de fortaleza en el momento actual.

Recibid mi saludo y mi bendición.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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