LA IGLESIA, SERVIDORA DE LOS POBRES (y VII) 12-07-2015

Si el cristiano debe estar convencido de la fuerza transformadora del Evangelio, también es cierto que la caridad y la acción social de los cristianos son evangelizadoras, porque abren caminos al Evangelio en nuestro mundo, ya que son expresión concreta del amor de Dios a todo ser humano: «el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor» (nº 41). Este amor tiene que hacerse visible en el testimonio de la vida de los cristianos, en el acompañamiento a las personas que viven en dificultad, en el recto ejercicio de la función pública y en una caridad profética, porque no podemos resignarnos a considerar normal lo que es inmoral.

El compromiso social de los cristianos exige una primera asistencia para paliar las necesidades más urgentes que tienen las personas que más están sufriendo las consecuencias de la crisis. Pero no puede reducirse a esto: hay que luchar para eliminar las causas estructurales que provocan tantas situaciones de pobreza en nuestro mundo. Para ello, hay que fomentar la creación de empleo, luchar para que las administraciones públicas y las fuerzas sociales asuman un pacto de toda la sociedad contra la pobreza, educar para que las personas orientemos nuestra vida hacia actitudes más austeras y modelos de consumo más sostenibles, y cultivar la formación de la conciencia sociopolítica de los cristianos.

En una situación como la que estamos viviendo, no podemos olvidar el gran papel que desempeña la familia para aminorar las consecuencias de la crisis en tantas personas. Las políticas que tienden a reforzar la institución familiar son beneficiosas para la sociedad. Debemos valorar la vida y la familia como bienes sociales fundamentales y superar esta cultura de la muerte y de la desintegración familiar que se ha instalado entre nosotros. La opción por la vida y la familia no es una cuestión meramente privada de cada individuo, sino que tiene repercusiones en el bien de la sociedad y en la auténtica felicidad de las personas.

Frente a un modelo económico que persigue el beneficio como único objetivo y justifica cualquier camino para conseguirlo, hay que trabajar por un sistema que no justifique la exclusión de los más pobres, que no se desinterese por los que menos tienen y que promueva la reducción de las desigualdades mediante un reparto más justo de los recursos, procurando el acceso de todos a los bienes que posibilitan una vida digna. Si olvidamos estos objetivos en la actividad económica, caemos en una globalización de la indiferencia.

Posiblemente, a muchos les parecerá que estas indicaciones o sugerencias que encontramos en la instrucción pastoral La Iglesia, servidora de los pobres, son utópicas o poco realistas. El testimonio de los cristianos en un mundo tan interesado como el nuestro consiste en no olvidar la utopía, porque en ese caso caeríamos en el fatalismo de los que piensan que las cosas no pueden ser de otro modo.

La Iglesia está comprometida en el servicio a los más pobres. Con este documento, los obispos queremos exhortar a todos los cristianos a que no se dejen vencer por el desánimo ante tantas necesidades, y a que a todos os anime la utopía de un mundo que llegue a ser un signo claro del Reino de Dios.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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