LA IGLESIA, SERVIDORA DE LOS POBRES (IV) 14-06-2015

En la presentación de la instrucción pastoral La Iglesia, servidora de los pobres, nos hemos referido a las pobrezas materiales que encontramos en nuestra sociedad y que aparecen descritas en la primera parte del documento. Pero éstas no son las únicas pobrezas que afectan a nuestro mundo. Hay otra, a la que muchas veces no damos la importancia que tiene, porque vivimos en una sociedad y en una cultura donde la dimensión religiosa de la persona es considerada como algo secundario o accidental, y que sin embargo, determina estas pobrezas humanas, está en la base de ellas y, en cierto sentido, las potencia. Nos referimos al empobrecimiento espiritual que caracteriza nuestro mundo y condiciona las actitudes vitales de tantas personas.

Este empobrecimiento espiritual se manifiesta en fenómenos tan extendidos como la indiferencia religiosa, el olvido de Dios, la ligereza con la que se cuestiona su existencia o la despreocupación por aquellas cuestiones que afectan al sentido de la existencia del hombre: la pregunta por el origen, el destino y la orientación que el ser humano debe dar a su vida. Como ya indicó el concilio Vaticano II, junto a las distintas formas de ateísmo sistemático,  hay un ateísmo fáctico: el de aquellos «que ni siquiera se plantean las cuestiones acerca de Dios, porque no parecen sentir inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de la religión» (GS 19). Sin duda alguna, este fenómeno caracteriza el ambiente espiritual que estamos viviendo.

Se trata de un fenómeno que no afecta únicamente a los no creyentes. Se da también en muchos bautizados que carecen de una sólida formación cristiana y viven su fe de un modo superficial. De hecho, muchas veces nos encontramos con creyentes que no viven coherentemente con su fe, o que tienen una visión del mundo propia de ideologías que se fundamentan en principios incompatibles con la visión cristiana de la realidad.

El empobrecimiento espiritual tiene consecuencias en la vida moral y en la vida social. La apertura a Dios enriquece la personalidad del hombre, da claridad y firmeza a los planteamientos y las actitudes morales y concede una sensibilidad espiritual que ayuda a valorar más profundamente a todas las personas. Cuando alguien se ha encontrado con el Dios que es amor, se siente invitado a amar a las otras personas y a luchar por la justicia. La fe en Dios potencia las actitudes éticas y morales en la vida personal y social y ayuda a discernir la licitud o ilicitud tanto de los objetivos que las personas y las sociedades quieren alcanzar, como de los caminos para conseguirlos. Una sociedad y una cultura empobrecidas espiritualmente conducen a un debilitamiento de los principios morales.

Por ello, en el servicio que los cristianos hemos de prestar a los más pobres, no podemos considerar como algo secundario ofrecerles la posibilidad de un encuentro con Dios. Cuando este encuentro acontece, la persona se siente enriquecida interiormente, adquiere un sentido más alto de su dignidad y llega a valorarse más, porque se ve a sí misma con los ojos de Dios y bajo la mirada amorosa de Dios.

Que en nuestro servicio a los pobres no dejemos de ofrecerles el tesoro que es el conocimiento y el amor de Dios.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.