LA IGLESIA, SERVIDORA DE LOS POBRES (II) 31-05-2015

La semana pasada nos referíamos a dos de las causas de la crisis que estamos viviendo, que tienen que ver con la concepción del hombre y de la sociedad que se ha generalizado en la mentalidad de nuestro tiempo (una forma de entender la vida social que olvida la primacía del ser humano, y una cultura en la que se valora todo aquello que tiene un efecto inmediato). En la instrucción pastoral La Iglesia, servidora de los pobres, se indican otras, que tienen que ver con ciertas formas de entender el desarrollo económico y con ciertos comportamientos que se han extendido más de lo que sería deseable en nuestra sociedad.

En nuestro sistema económico se aceptan muchas veces como inevitables algunas convicciones que conducen a una separación entre las leyes de la economía y la ley moral, a un olvido de la ética en la vida económica y a renunciar a luchar por aquellos objetivos que son los que, en definitiva, dignifican la vida de la sociedad y de las personas: una sociedad justa y solidaria con los más pobres. Entre estas convicciones, la que con más frecuencia se oye es que las leyes de la economía son incontrolables y que, por tanto, la crisis se explica porque vivimos en un marco económico inevitable y no por motivos éticos o morales. En el fondo, en algunas políticas económicas hay una resistencia a aceptar que «ha sido el comportamiento irracional o inmoral de los individuos o instituciones la causa principal de la situación económica actual» (nº 21).

Estas convicciones han conducido a ciertos comportamientos inspirados en el principio de que «más es igual a mejor»: una burbuja inmobiliaria propiciada por entidades bancarias y muchas veces alentada por las autoridades, que ha llevado a la ruina de muchas familias; una regulación y supervisión insuficientes de las entidades financieras que también ha provocado situaciones de angustia en muchas personas, o un endeudamiento excesivo de instituciones que ha obligado a una serie de recortes en muchos servicios sociales básicos. Todo ello ha provocado un «aumento de la desigualdad y de la exclusión social, lo que representa sin duda una seria amenaza a largo plazo» (nº 19). En el fondo, toda esta manera de entender la economía tiene su origen en una idolatría del dinero y de los bienes materiales, que lleva a convertir el rendimiento económico en el fundamento de la vida de las personas y de las sociedades.

Entre los comportamientos «derivados de la codicia financiera y la avaricia personal», que también han conducido o agravado la situación de crisis, el documento menciona el fenómeno de la corrupción, un hecho que ha provocado «alarma social» y que ha despertado «gran preocupación entre los ciudadanos» (nº 10). Citando el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, la instrucción recuerda que la corrupción política «compromete el correcto funcionamiento del estado…, introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes» (nº 11). Los obispos no podemos más que considerar «esta situación como una grave deformación del sistema político» (nº 11).

Que el Seños nos conceda su paz.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.

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