LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE PEREGRINOS 11-06-2023

El libro del Deuteronomio es como el testamento de Moisés y destaca por su madura visión teológica sobre la historia de Israel, que tiene en la liberación de la esclavitud de Egipto su punto capital. Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la casa de esclavitud (Ex 13,14).
Cuando Moisés en el Deuteronomio reflexiona sobre el acontecimiento histórico del éxodo, liga el hecho de la liberación salvadora con el hecho posterior de hacer recorrer estos cuarenta años por el desierto con una intención muy definida: ver si observas sus preceptos o no.
En el Sinaí, cuando Moisés les transmite la propuesta del Señor de pactar una Alianza con Él, todo el pueblo, a una respondió: “Haremos todo cuanto a dicho el Señor” (Ex 19, 7). La espontaneidad de este clamor popular reclama que se verifique la promesa: de aquí nace la exigencia de recorrer cuarenta años, es decir toda la vida, por el desierto donde abundan las dificultades y así testimoniar que de hecho sí cumplen todo cuanto ha dicho el Señor.
La prueba a que Dios los somete viene acompañada por el alimento extra que les regala: te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres.

La prefiguración del maná es básica para comprender la novedad de la Eucaristía, que es también el alimento divino adecuado para peregrinos.
El cp. 10 de la primera Carta de Pablo a los cristianos de Corinto (escrita en el 55 /56 d.C.) es el escrito más antiguo que atestigua la fuerza de la Eucaristía como nexo de unión del cristiano con Cristo y con los hermanos. El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Por eso, nosotros, siendo muchos visiblemente, en realidad “formamos” un solo cuerpo.
La expresión original griega y la misma versión latina de la Vulgata, más que de “formar” un solo cuerpo (como una figura que construimos nosotros), hablan de “ser un solo cuerpo” como realidad regalada por Dios en la Eucaristía.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre: en la 2ª parte (v.48-58) del Discurso del Pan de Vida (Jn 6,22-58) el concepto-clave empleado por Jesús ya no es tanto el “creer en mí” o “venir a mí” sino específicamente “comer el Pan” o “comer la carne” con referencia ya directa a la Eucaristía.

Con razón dice Jesús que Yo soy el pan de la vida: porque no se puede separar al donante, que es Jesús, de su regalo supremo que es Él mismo hecho Eucaristía.
“Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús, que encuentra su fundamento en el banquete eucarístico. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual” (Catecismo1391-1392).
“En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: «Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar» (Catecisme1327).

La comunión sacramental con Cristo-Eucaristía lleva a la comunión vital con Cristo-hermano hambriento / sediento / desnudo / forastero (Mt 25,35s)
Por eso la solemnidad del Corpus Cristi tiene dos dimensiones esenciales e inseparables: el amor de fidelidad a Cristo presente en la Eucaristía a quien comemos para recibir la fuerza necesaria que nos permite seguir las huellas de Jesús de Nazaret y, el amor solidario a todos los hermanos de Cristo que hoy comparten la cruz de las injusticias que el mundo cargó encima de los hombros del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros.

La consecuencia de comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre es la recíproca permanencia del cristiano en Cristo y de Cristo en el cristiano. Este es la comida que no se echa a perder y perdura siempre que
nuestra caridad solidaria y esforzada sea el sello de nuestra auténtica comunión eucarística.

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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