JORNADA POR LA VIDA 22-03-2015

El próximo 25 de marzo, solemnidad de la Encarnación del Señor, celebramos la jornada por la vida. Vivimos inmersos en un ambiente lleno de contradicciones en lo que al tema de la vida humana se refiere. Por una parte se defienden «derechos» de animales, se quiere inculcar un sentido de respeto a la naturaleza o se proclama de palabra que hay que estar al lado de los más indefensos y pobres. Por otra se extiende cada vez más una mentalidad y una actitud egoísta en lo que se refiere a la valoración de la vida humana: muchos ven al ser humano no nacido, a la persona anciana o que padece una enfermedad incurable como una amenaza, un peligro o, simplemente, como una «molestia». Para estos casos se promueven leyes que cada vez hacen más fácil la eliminación del ser humano y que se justifican con el argumento, lleno de hipocresía, de que una vida que no tenga «calidad» no merece la pena ser vivida. Estas leyes provocan una extensión cada vez mayor de la «cultura de la muerte». Por ello, cuando se quieren modificar, nadie se atreve y nos quedamos con retoques “estéticos”, que no van a lo esencial del problema y con los que los cristianos no podemos estar de acuerdo.

El lema de este año es «Hay mucha vida en cada vida». Es una llamada a que los cristianos vayamos al corazón de esas personas que, para nuestra cultura materialista, viven una vida que aparentemente no merece la pena ser vivida. La persona no es únicamente «materia». Todo ser humano es fruto del amor de Dios, tiene un corazón, necesita vivir con la certeza de que en su sufrimiento es querida, no sólo por Dios, sino por los que están a su lado. Todo ser humano necesita vivir en la certeza de que la sociedad en la que vive lo defenderá con leyes justas. Y en lo referente a la protección de la vida humana únicamente son justas aquellas leyes inspiradas en el principio de que la vida humana, cuando más débil e indefensa es, más debe ser protegida.

En una visita pastoral tuve ocasión de ir a la casa de un joven, que entonces tenía unos 30 años y que después me enteré que había fallecido. Tenía una parálisis cerebral profunda. Su madre, que vivía dedicada totalmente a cuidarlo, me confesó que este hijo se había convertido en un vínculo de unión entre sus otros cuatro hermanos. Un enfermo, que no articulaba una palabra inteligible y cuya vida aparentemente no servía para nada, había conseguido que la unión en su familia fuera más fuerte y más intensa. En esa vida había mucha más vida que la que se veía a simple vista.

La fe nos invita a profundizar todavía un poco más: en cada niño no nacido, en cada enfermo o anciano que vive una vida que aparentemente no vale la pena vivir, hay un hijo de Dios y un hermano de Cristo. El Hijo de Dios, que en su Encarnación se hizo hermano de todos los hombres, se ha unido más estrechamente a los pequeños y a los pobres, a los que sufren y a los indefensos y ha cargado sobre sus espaldas todo su sufrimiento. Por ello, el cristiano está llamado a ver en ellos al mismo Cristo sufriente. En su vida hay mucha más vida de la que nuestro mundo es capaz de ver: está la vida divina de los hijos de Dios que Cristo, en su Encarnación, ha venido a sembrar en nuestro mundo.

Que Dios nos conceda los ojos de la fe para comprender esta verdad.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.

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