JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 08-02-2015

El próximo día 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, celebramos la jornada mundial del enfermo, que fue instituida por el papa San Juan Pablo II. Esta jornada es una invitación dirigida a todos los miembros de la comunidad cristiana a que estemos cerca de aquellos que pasan por la prueba del dolor; a las familias, para que acompañen de corazón a sus enfermos; a los profesionales de la sanidad, especialmente a aquellos que se sienten cristianos, para que, además de ejercer con responsabilidad y competencia profesional su trabajo, no olviden que están acompañando a personas que pasan por momentos difíceles y unan a su competencia un corazón lleno de humanidad y de cercanía. Para vosotros el enfermo no debe ser únicamente un paciente, sino que lo debéis mirar también como un hermano.

Me gustaría que esta jornada fuera una ocasión para que en nuestras parroquias se revisara la atención pastoral a los enfermos. No hay ninguna parroquia sin enfermos, como tampoco hay ninguna familia sin enfermos. Muchos de ellos son personas que han trabajado mucho por la Iglesia y que en este momento, al sufrimiento propio de su enfermedad se une el dolor de no poder participar con normalidad en la vida eclesial. Deberíamos intentar que no se sintieran olvidados por la Iglesia, porque esta sensación acrecienta su sufrimiento. Otros puede ser que no hayan tenido un contacto frecuente con la Iglesia, pero si sienten que los cristianos estamos cerca de ellos, no dudemos de que lo agradecerán y confiemos en que esta cercanía nuestra puede acercarlos al Señor.

En la atención pastoral a personas enfermas no podemos olvidar lo que considero más importante: cuando estamos cerca de ellas, recibimos mucho más de lo que damos. A lo largo de mis años de ministerio episcopal, sobre todo en las visitas pastorales, en muchas ocasiones he regresado a mi casa con la sensación de que algunos enfermos me habían enseñado más a mí de lo que yo les hubiera podido enseñar con mis pobres palabras. Nunca olvidaré, por ejemplo, el testimonio de una anciana, madre de dos religiosas que estaban en países de misión, que me explicó cómo a lo largo de su vida había asumido como programa de vida cristiana el cumplimiento de las obras de misericordia y me fue contando momentos concretos en los que las había puesto por obra. Fue para mí un testimonio autentico de evangelización. La Iglesia se enriquece con el testimonio y la entrega de sus enfermos.

Me gustaría que las familias cristianas fueran en nuestro mundo, tantas veces deshumanizado, auténticos testimonios de acompañamiento a sus enfermos. Que los miembros sanos sean para ellos como «ojos del ciego y pies para el cojo» (Jb 29, 15). La enfermedad y la muerte de un miembro de la familia es un momento doloroso, pero si el enfermo se siente querido y acompañado su sufrimiento es mucho menor, su corazón se llena de paz y la familia siente que la enfermedad se ha convertido en una fuente de gracia para todos, porque el amor entre ellos se ha visto fortalecido.

Recibid todos, especialmente los enfermos y sus familias, mi bendición.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.