GENERANDO ESPERANZA 04-06-2023

Al hablar de la Santísima Trinidad solemos anteponer la expresión “el Misterio” de la Santísima Trinidad. Efectivamente es un Misterio, pero de grandeza.
Precisamente, por la inmensidad y grandeza tanto de su identidad como de su proyecto salvador, Dios no cabe dentro de los esquemas de la cabeza humana.
Por eso, hay una diferencia abismal entre el esfuerzo religioso del hombre para acercarse a Dios con la razón humana y el don que Dios hace a la humanidad dándose a conocer Él mismo en Jesucristo.

El diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-21) incluye un monólogo de Jesús que es una verdadera síntesis del Proyecto divino de Salvación.
Quién es Dios solo podemos saberlo con garantía si Él nos lo revela.
Nos lo recuerda el concilio Vaticano II: Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (Dei Verbum 2).
Evidentemente, la identidad trinitaria de Dios no la conocemos gracias a la razón humana, pero conocer la identidad más profunda de Dios tampoco es un absurdo irracional.

Quién soy yo, qué pienso y qué deseo, solo podrá saberlo quien se acerque a mí, observe de todo corazón mi obrar y sobre todo escuche mis confidencias. Quién es cada uno nunca puede ser fruto de la imaginación de otro.

La historia de la humanidad es también la historia de cómo Dios se ha ido dando a conocer progresivamente hasta completar en su Hijo Unigénito su Revelación: En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo (He 1,1).

Con una Revelación dinámicamente progresiva que se manifiesta con hechos y palabras: los hechos refuerzan la veracidad de las palabras y las palabras aclaran el sentido a menudo ambiguo de los hechos.

El fundamento de todo es el hecho de que nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3,13).

Por eso puede afirmar solemnemente el evangelista Juan, acabando su Prólogo-resumen: A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,18).

El amor del Padre Dios es la fuerza motora de toda su obra benefactora. Lo precede absolutamente, siendo su objetivo nuestra Salvación y Vida eterna: Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Pero este inmenso “don” de Dios reclama ser asumido por nuestra fe con apertura a Dios de todo nuestro ser. Todo regalo permanece inútil si no es acogido con agradecimiento y si el receptor no sigue las instrucciones para su uso provechoso.

Así la fe, don de Dios y decisión libre de cada persona, es aceptación viva del don divino en la forma concreta con que nos ha sido dado.

Por eso celebramos hoy la Jornada Pro Orantibus teniendo muy presentes a los Consagrados totalmente a Dios. Su testimonio de vida librada por completo a Dios es a la vez un llamamiento alentador para agradecer de todo corazón su Consagración y también una urgente convocatoria para que todo el Pueblo de Dios no cese de rogar insistentemente por las Vocaciones a la Vida Consagrada.

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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