EL SENTIDO CRISTIANO DE LA FIESTA 09-07-2017

A lo largo de todo el año, pero de modo especial durante los meses de verano, en nuestros pueblos y ciudades se celebran las fiestas patronales. Son unos días especialmente entrañables para todos, tanto para quienes residen habitualmente en ellos como para aquellos que, habiendo nacido en un determinado lugar, por distintos motivos ya no viven allí. Para muchos, la celebración de las fiestas mayores es una ocasión para regresar a los lugares de origen, reencontrarse con familiares y amigos y estrechar los lazos que les unen con sus raíces.

Estas celebraciones contienen muchos valores que todos deberíamos hacer un gran esfuerzo por preservar: en un mundo cada vez más globalizado, las fiestas ayudan a conservar la singularidad de las tradiciones y costumbres de cada pueblo; en una sociedad en la que se generaliza un modo de vida cada vez más individualista, durante estos días se disfruta de estar con los conocidos y amigos; en una cultura caracterizada por el utilitarismo, las fiestas nos permiten crecer en el sentido de la gratuidad.

En el ciclo anual de la vida de las parroquias, estos días son también muy importantes. Es el momento de revivir y afirmar el fundamento cristiano que impregna nuestra propia vida y la historia de nuestros pueblos. Las fiestas son expresión de un modo de ver el mundo desde la perspectiva que ofrece la fe cristiana. Han nacido de ella y durante siglos han servido para conservarla y alimentarla. Esta fe ha dado origen a un patrimonio cultural del que en nuestra diócesis nos podemos sentir orgullosos: ermitas y santuarios que contienen creaciones artísticas de una gran belleza; tradiciones que expresan el alma de nuestros pueblos y que se han conservado y transmitido a lo largo de muchos siglos. Durante el tiempo que llevo al frente de la diócesis he compartido muchos momentos singulares de las fiestas en muchos lugares. En todas partes he constatado el sano orgullo que siente cada pueblo por haber conservado y transmitido el tesoro de la tradición propia. No olvidemos que todas las tradiciones han servido y deben servir para transmitir el tesoro de la Fe. Si olvidamos esto estamos perdiendo aquello que da sentido a nuestras fiestas. Invito a los sacerdotes y a quienes colaboran en las parroquias, a que valoremos el potencial evangelizador de estas celebraciones, en las que la fe puede llegar al corazón de tantas personas.

La alegría de la fe y el gozo de estos días se expresa también en momentos festivos que, sin ser propiamente religiosos, no deberían contradecir el sentimiento creyente que está en el alma de las fiestas, porque ayudan a crecer en los valores humanos que dignifican a las personas y favorecen un buen ambiente en los pueblos: la amistad, el encuentro y la convivencia entre las personas, la cultura, etc… Valoremos esta dimensión de la fiesta y creemos un ambiente que ayude a los jóvenes a descubrir que para divertirse y pasarlo bien no es necesario buscar experiencias límite que acaban dañando a la persona. Un cristiano no es alguien que huye del mucho, sino que quiere dignificarlo con su presencia y su modo de actuar.

Deseo que todos tengáis unas felices fiestas.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

X