EL CAMINO DE LA CRUZ, CAMINO DE MISERICORDIA 14-04-2019

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. La narración de la pasión según San Lucas, que escuchamos en la Misa de este domingo que abre todas las celebraciones, nos habla de una muerte llena de signos y gestos de misericordia. Para ayudaros a vivir en actitud de oración estos días santos, os invito a meditar dos momentos de misericordia del Señor en el camino de la Cruz, que nos transmite este evangelista.

El primero es el encuentro con las mujeres de Jerusalén que lloran y se lamentan por Él. Después de haber sido condenado, Jesús carga la Cruz y se encamina decididamente hacia el Calvario. En el camino se encuentra con unas mujeres que lloran por Él. Ha sido condenado y nadie le tiene compasión: ni los que le han condenado, ni los soldados que lo llevan al suplicio ni la multitud que asiste a ese espectáculo. No hay piedad para un condenado a muerte. Solo unas mujeres comprenden su sufrimiento. Lo ven caminar hacia la Cruz, saben que será ejecutado y este hecho toca sus corazones. El evangelista nos dice que lloraban y se compadecían de Él. La reacción de Jesús ante el llanto de estas mujeres es consolarlas. Quien en ese momento está más necesitado que nadie de piedad, de compasión y de amor, es quien consuela: “no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos” (Lc 23,28). Jesús, que es llevado injustamente al suplicio, todavía tiene palabras para animar, para consolar, para sembrar el bien en el corazón de nuestro mundo y de aquellas personas que se apiadaban de Él. Esto es una obra de misericordia.

Un segundo detalle lo encontramos cuando Jesús ya está clavado en la Cruz. Todos los que asisten al espectáculo lo desprecian y se burlan diciendo: “a otros ha salvado; que se salve a sí mismo” (Lc 23, 35). Lo han condenado injustamente a una muerte de gran sufrimiento, a una tortura insoportable. Y ya en la Cruz, parece que el odio del mundo aún no está satisfecho. Al sufrimiento físico de la crucifixión se añade el sufrimiento moral de la burla, del ensañamiento, del desprecio. Jesús no se puede defender físicamente, pero lo hace de una manera sorprendente: responde al mal con bien, soportando las injurias y orando por quienes lo han condenado; pidiendo al Padre el perdón para sus perseguidores “Padre, perdónalos”. Y da una razón: “no saben lo que hacen” (Lc 23,34)”.

Esta respuesta nos sorprende porque nosotros, normalmente, nos defendemos del mal con mal; de las injurias injuriando; de las condenas condenando. En cambio Jesús se defiende perdonando. Nosotros buscamos motivos para acusarnos los unos a los otros; Jesús, desde la Cruz, busca motivos para excusarnos, para perdonarnos. Él, que en el Sermón de la Montaña nos había enseñado a amar y perdonar a los enemigos, en el momento de la Cruz pone en practica esa enseñanza. No podemos imaginar un gesto de misericordia más grande. Si la misericordia que hay en el corazón del Padre es perdonar a los pecadores, no hay misericordia más grande que perdonar a quienes han condenado a su propio Hijo. Jesús, desde la Cruz nos revela la grandeza del amor de Dios, un amor que humanamente no podríamos haber imaginado.

Que la celebración de esta Semana Santa nos lleve a tener un corazón como el de Jesucristo, más preocupado en consolar que en ser consolado y en perdonar que en ser perdonado.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa