EL AMOR CUIDA LA VIDA 24-03-2019

El día 25 de marzo, solemnidad de la Encarnación del Señor, celebramos la Jornada por la vida. Si el Hijo de Dios al hacerse hombre asumió una existencia humana con todo lo que ello implica, incluidos el dolor y el sufrimiento, podemos comprender el valor que tiene para Dios la vida de cualquier ser humano. Él no solo ha creado al hombre a su imagen y semejanza, sino que en su Hijo se ha hecho uno de nosotros hasta el punto de querer compartir nuestra vida. Podemos decir que no hay ningún sufrimiento, ninguna esperanza o ninguna experiencia auténticamente humana que el Hijo no haya compartido con nosotros. La Encarnación del Señor supone, por ello, una dignificación insospechada de la vida humana.

Cuando reflexionamos sobre la realidad de nuestra existencia hay un dato que nadie puede cuestionar: la vida es algo recibido. Nadie se la ha dado a sí mismo. Se trata de un don que se nos ha dado y que no viene solo, ya que con ella hemos recibido otros muchos bienes. La fe nos ayuda a descubrir el sentido profundo de esta experiencia: algo tan grande, que nos hace sentir y vivir como personas que tienen un valor único y que son amadas por los otros, no puede ser fruto del azar o de la casualidad. Para los cristianos es el primer gesto de amor de Dios a cada uno de nosotros. Pero es el primero, porque esta vida está llamada a una plenitud insospechada para nosotros, evoca la vida eterna a la que Dios nos llama. Mientras caminamos en este mundo experimentamos la vida como algo bueno, pero que todavía no vivimos plenamente sino con la esperanza y el deseo de una plenitud que Dios quiere para todos.

Si la vida humana es un regalo de Dios, si el Hijo de Dios la ha hecho suya y si está llamada a una plenitud que todavía no hemos alcanzado, ello implica que tiene un valor absoluto, por lo que en todos los casos debe ser respetada y amada. No hay vidas humanas desechables o indignas, que puedan ser por eso mismo eliminadas sin más. Su valor no depende de una supuesta “calidad” considerada con criterios materiales. La “calidad” de la vida humana está en la capacidad de amar y de ser amados.

En el compromiso en favor de la vida humana hemos de esmerarnos especialmente con los pequeños, es decir, con los vulnerables y débiles. Los pequeños, los pobres, los últimos… son los que ocupan el primer lugar en el corazón del Padre y el compromiso por cuidar toda vida humana es un reflejo del amor con el que Dios ama a todos.

Por ello, este compromiso nos debe llevar a cuidar especialmente a los que están por nacer y necesitan todo de la madre, a los que viven en condiciones infrahumanas, en soledad, a los ancianos y enfermos, a los desahuciados, a los angustiados y sin futuro aparente. Esto significa de verdad amar la vida, anunciar que es un bien, celebrar su acogida y crecimiento y, mediante el testimonio, saber denunciar lo que la desprotege, la abandona o la minusvalora. Así se rompe con esta cultura del descarte, tan perniciosa para todos.

Que esta celebración nos ayude a no dejarnos llevar por la mentalidad que valora la vida desde una perspectiva utilitaria.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa