El AMOR A DIOS ÉS BÁSICO Y PRIORITARIO 02-07-2023

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí: esta contundente afirmación de Jesús hay que entenderla bien para evitar la errónea impresión de que Jesús está despreciando el amor a la familia. ¡Todo lo contrario!

Jesús no presenta ninguna contraposición disyuntiva entre el amor a Él y el amor a la familia, sino que, reconociendo el amor a los padres e hijos como un valor altísimo, dice que el amor a Dios debe ser todavía más grande.

La precedencia radical del amor al Señor se expresa con un paralelismo comparativo de superioridad que se apoya en la alta valoración del amor familiar. Solo cuando el amor a los padres e hijos es reconocido y vivido en grado alto, la exigencia de amar a Dios todavía más se transforma en criterio noble porque, en vez de perjudicar el amor familiar, lo potencia, lo exige y lo favorece.

De hecho, la exigencia arraiga en la misma profesión de fe expresada en la plegaria del “ESCUCHA, Israel” dentro de la 2ª alocución exhortativa de Moisés y que el judío piadoso reza cada día en las horas de la plegaria: Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4s).

Las condiciones que tienen que adornar el amor al Señor Dios evidencian que no se puede tratar de un amor cualquiera. El precepto del amor al Señor Dios con esta preeminencia tiene su fundamento en la unicidad del Señor Dios: si solo Él es Dios de verdad, nadie más puede merecer un amor como el que Él merece de nosotros.

Este amor excelso a Dios no es excluyente hacia otras realidades dignas de ser también amadas, sino que, por ser un amor fontal, reclama la obediencia a sus preceptos. Tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos (Ex 20,6).

Nuestra condición de cristianos tiene su origen en el Bautismo. El epistolario paulino atribuye los mismos efectos salvíficos a la fe que al bautismo porque Pablo no conoce una fe cristiana sin bautismo ni un bautismo sin fe.

Así presenta la eficacia salvífica de la muerte y resurrección de Cristo que se activa por el sacramento del Bautismo a favor de quien se adhiere con fe a Cristo y a su Evangelio: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así también nosotros andemos en una vida nueva.

Una vida nueva que se manifiesta en el estilo de vida: El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. Tomar la cruz es símbolo de asumir el camino concreto de la vida de cada uno con sus exigencias como termómetro de la fidelidad a Cristo.

Nada nos puede servir de pretexto para justificar la infidelidad a Dios. Quien hace del amor a los padres o a los hijos una excusa para alejarse de los caminos de Dios no solo se está apartando del amor a Dios, sino que arriesga el auténtico amor a la familia.

El egoísmo del que encuentre su vida es la antítesis de la propuesta evangélica que san Pablo expresa modélicamente: Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí (Ga 2,20). Esta es nuestra más verdadera identidad consistente en vaciarnos de valores falsos o efímeros para llenarnos más de los valores superiores y permanentes que tienen en Cristo su plenitud.

Por eso promete Jesús que el que pierda su vida por mí, a los ojos del mundo, la encontrará recibiendo mucho más en el tiempo presente y en la edad venidera vida eterna (Lc 18,30).

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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