DIOS SÍ TIENE PROGRAMA: LAS BIENAVENTURANZAS 29-01-2023

Cuando reducimos la fe a un simple sentimentalismo, fácilmente caemos en el error de confundir el amor a Dios con un sentimiento difuso con el cual podemos pensar que ya lo amamos pero sin ninguna exigencia de fidelidad a un estilo de vida que Él nos haya revelado y testimoniado.
En la Misa del día de Navidad proclamábamos el Prólogo-Resumen del evangelio de Juan acabando con una solemne afirmación: A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,19).

La consecuencia de esta Revelación es que no puede haber auténtico amor fiel a Dios sin fidelidad a su programa revelado. La fe cristiana no hace referencia a un Dios totalmente desconocido que no se ha manifestado y que cada cual puede imaginárselo como le parece, atribuyéndole el proyecto de vida y felicidad que cada uno prefiere.

El evangelista Mateo en el 1.º de los 5 grandes Discursos en que organiza la enseñanza de Jesús presenta el programa de Jesús: las Bienaventuranzas. La primera evidencia es que Jesús propone un camino de felicidad, respondiendo al deseo natural que Dios ha puesto en el corazón del ser humano para atraerlo hacia Él, el único que puede satisfacerlo plenamente.
La singularidad del mensaje de las Bienaventuranzas es el camino propuesto, totalmente a contracorriente del propuesto por el mundo. Las Bienaventuranzas son el camino para hacer desaparecer la infelicidad de tantos hermanos nuestros.

La primera bienaventuranza, madre de todas las otras, habla de los pobres en el espíritu: expresión con fuerte carga que corresponde a los pobres del Señor (los anawim del A.T.) que convierten su situación sociológica de pobreza en actitud religiosa de confianza en el plan de Dios.
Al hablar de pobreza hay que distinguir bien entre la pobreza-pecado, hija de las injusticias humanas y contraria al plan de Dios; y la pobreza-virtud, hija del amor a Dios y a los hermanos, que es el instrumento adecuado para vencer las injusticias a que el pecado somete a tantos hermanos nuestros.

Bienaventurados los que lloran porque llorar con el corazón es privilegio de quienes aman de verdad; quien no ama de corazón no sabe llorar con el corazón.

Bienaventurados los mansos que viven con realismo teniendo los pies en la tierra sin hacer de la codicia la fuente de sus aspiraciones; ellos heredarán la tierra y serán señores entre los estimados del Señor.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia buscando por encima de todo la Justicia llena que es la voluntad de Dios; serán felices ya ahora en la tierra y, al llegar a la Patria definitiva, quedarán saciados con abundancia.
Bienaventurados los misericordiosos porque testimonian ser hijos del Padre misericordioso (Lc 15,11s) y hermanos del Buen Samaritano (Lc 10,25s).
Bienaventurados los limpios de corazón porque han descubierto que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia y saben ser testigos de esta verdad.
Bienaventurados los que trabajan por la paz sin limitarse a desearla, reclamarla a los otros o suplicarla a Dios; ellos sí saben preparar los caminos para que Dios llene cada día más nuestro mundo con su paz.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, cumpliendo la voluntad de Dios demuestran ser fieles seguidores de Jesús de Nazaret. Quien por los caminos de la vida huye sistemáticamente de toda cruz de persecución o contracorriente está huyendo del camino del Crucificado Resucitado.

La opción cristiana de fidelidad a Jesucristo se demuestra creíble cuando nuestra manera de vivir crea interrogantes de extrañeza a quienes nos rodean y entra en conflicto con las estructuras que favorecen situaciones de injusticia.

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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