DIÁLOGO DE JESÚS CON LA MUJER SAMARITANA 12-03-2023

Durante tres domingos consecutivos proclamamos con el evangelista Juan tres diálogos de Jesús con tres interlocutores diferentes que mostrarán aspectos diversos de un itinerario catequético de crecimiento. El de hoy se estructura sobre dos diálogos de Jesús con la mujer samaritana y con los discípulos.

Con la caída del Reino del Norte en el 722 a.C. a manos de Senaquerib de Asiria, llegan muchos extranjeros de otra cultura y religión; Samaría acontece un pueblo étnicamente mezclado y muy hostil con el Reino del Sur. Aceptan solo la primera parte de la Revelación bíblica -el Pentateuco samaritano-, con cisma fraterno que estalla fuerte cuando el 538 a.C. los judíos vuelven del exilio babilónico.

El relato empieza diciendo que Jesús, que estaba situado en Enón donde bautizaba (3,23), era necesario que pasara a través de Samaría: de hecho, los judíos, para ir de Judea a Galilea, evitaban territorio samaritano yendo por el valle del río Jordán. La necesidad era más bien teológica: Jesús, el Mesías, era necesario que pasara a través de Samaría por exigencias de su voluntad salvífica universal.

Jesús comienza el diálogo pidiéndole a la samaritana: Dame de beber; petición que provoca reacción de extrañeza por la hostilidad entre samaritanos y judíos. Pero Jesús busca mucho más que agua; no le importa no recibir agua si recibe de ella la escucha a su palabra y la apertura de su corazón.
Jesús y la samaritana superan el hecho histórico de que los judíos no se tratan con los samaritanos: los discípulos se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer.

Entonces Jesús mujer un paso más adelante en su interpelación: Anda, llama a tu marido y vuelve. El diálogo entra así en la esfera personal. La mujer le contesta: No tengo marido. La respuesta de Jesús da la clave simbólica de la expresión: Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. La simbología de los cinco maridos insinúa los dioses paganos introducidos en Samaría, al abandonar al auténtico marido/señor, el Dios de Jacob.

Por eso dice Jesús que los samaritanos adoráis “a uno” que no conocéis, por haber desconectado del Dios de Jacob que sigue hablando.

Sabiéndose interpelada, la samaritana busca la evasión planteando, ¿dónde tenemos que adorar a Dios? Jesús no se deja liar y afirma solemnemente que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad.

La clave definitiva de toda la Revelación es el hecho de que la salvación viene de los judíos. La realidad histórica de la obra salvadora de Dios está teniendo ahora su momento culminante con Jesús de Nazaret.
Alguien de quién a lo largo del diálogo catequético se va mostrando progresivamente su auténtica identidad a través de las varias opiniones e interrogantes que Él mismo desvela a quienes se le acercan: un judío, uno más grande que Jacob, uno capaz de hacer signos maravillosos, un profeta, el Mesías escatológico, el Enviado del Padre, el Salvador del mundo.
La samaritana, gradualmente llevada por su apertura dialogante con Jesús, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías? Este interrogante de apertura al Misterio de Jesús consigue que muchos samaritanos creyeron en él.

El dinamismo del testimonio seguirá mostrando su fuerza.
Ante los discípulos que le ruegan: “Maestro, come”, Jesús aclara que mi alimento es hacer la voluntad del que me envió.

Fiel a su misión, Jesús se quedó allí dos días hasta el punto de que todavía creyeron muchos más por su predicación y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

Esta es la etapa definitiva de todo auténtico crecimiento en la fe: la escucha de los hermanos que testimonian su fe nos tiene que llevar a la personal escucha orante del mismo Jesús.

José-Luis Arín Roig
Administrador diocesano

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