DIA DE FRATERNIDAD EN LA IGLESIA DIOCESANA 06-11-2016

Por el Bautismo, los cristianos hemos sido hechos miembros de la gran familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia. Formamos un pueblo que peregrina por este mundo como hermanos de toda la humanidad, de la que también nosotros formamos parte, por lo que «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo» (GS 1). Para un cristiano auténtico «no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» (GS 1). La Iglesia no es una secta, ni una sociedad de perfectos que vive al margen del mundo: está formada por hombres y mujeres de esta tierra y quiere estar al servicio de todos.

Sin la colaboración y el compromiso de todos los que nos sentimos cristianos, la Iglesia no puede realizar plenamente la misión que Jesús le confió y para la que ella existe. Es cierto que Dios, en su omnipotencia, hubiera podido escoger otros caminos, pero forma parte de su humildad respetar la dignidad y la libertad de todos los seres humanos y pedir nuestra colaboración para sembrar su Reino en nuestro mundo. El Señor nos pide que trabajemos y cooperemos con Él; nos anima a vivir la fraternidad y la generosidad; espera de nosotros una entrega al hermano tal como Él la vivió en la Cruz; que pongamos nuestra persona y nuestras cualidades y que empleemos las cosas que hemos recibido de Él poniéndolas al servicio del Reino de la Verdad y la Vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz. De ese Reino, la Iglesia es instrumento, germen y comienzo (LG 5).

Como la Iglesia tiene la misión de ser la cercanía de Reino para las personas de todos los tiempos y lugares, adquiere una forma concreta en las distintas iglesias particulares que, presididas por los obispos, están extendidas por todo el mundo. Sentirse miembro de la Iglesia nos debe llevar a amar nuestra diócesis, en la que se integran las distintas comunidades parroquiales. En la Iglesia diocesana tenemos a nuestro alcance todo lo que necesitamos para poder vivir plenamente la vocación a la santidad: la plenitud de la gracia y del organismo sacramental, asegurada por el ministerio del obispo, y la Palabra de Dios predicada en comunión de fe con las otras iglesias.

Somos conscientes de que quien va edificando su Reino es el mismo Dios, pero no lo quiere hacer sin nosotros. Nuestra diócesis necesita la colaboración de todos para poder realizar más eficazmente su misión. El próximo domingo celebraremos la jornada de solidaridad con nuestra diócesis. Deseo que esta jornada nos ayude a todos a sentirnos miembros de ella de un modo más intenso; a renovar nuestro compromiso como cristianos viviéndolo en comunión con la Iglesia; a cumplir con el deber de ayudarla en sus necesidades, también con nuestra aportación económica, para que continúe realizando la tarea de evangelización y de solidaridad con todos, que es su misión.

Quiero manifestar mi agradecimiento por los gestos de compromiso y de generosidad que voy descubriendo en tantas personas que, en nuestras parroquias, sienten la vida de la Iglesia como algo propio. Estoy convencido de que el Señor lo recompensará con creces.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa