CRISTO VIVE (IV) 26-05-2019

El capítulo IV de la exhortación Cristo vive es posiblemente el más importante de todo el documento. La Iglesia existe para anunciar el Evangelio, que es una buena noticia de salvación. Por ello, lo primero que los jóvenes deben percibir de ella es que es portadora de un mensaje esperanzador para sus vidas. Sin duda alguna, uno de los retos pastorales que tenemos en el momento actual es deshacer muchos prejuicios que provocan actitudes de sospecha y desconfianza hacia la Iglesia y que dificultan la acogida del mensaje cristiano. Entre esos prejuicios habría que indicar dos: el primero es la idea deformada que muchos cristianos tienen de Dios, porque lo conciben como alguien que vigila sus vidas para descubrir las faltas y castigar. De esta idea se deriva una concepción de la vida cristiana como un conjunto de normas y prohibiciones que acaban anulando todo lo positivo que pueda haber en la existencia humana. Si queremos que el mensaje del Evangelio sea acogido por los jóvenes, el Papa nos recuerda las tres verdades fundamentales que estos deben captar cuando se acercan a la Iglesia.

La primera es que Dios es amor. Un joven debe vivir de la certeza de que, más allá de lo que le suceda en la vida, Dios le ama infinitamente y en cualquier circunstancia; que es alguien importante y valioso para Dios; que no quiere llevar la cuenta de sus errores y le ayudará a aprender algo de sus caídas. Para comprender esto hay que tener momentos de silencio y de encuentro con Él, acallando las voces interiores que llevan a perder la paz, para experimentar su amor. Es en esos momentos cuando descubrimos que el amor de Dios “sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar una nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado” (116).

La segunda verdad que un joven debe escuchar es que Cristo le salva, que “por amor se entregó en la cruz para salvarte” (118). Si Él ha dado la vida por nosotros, debemos pensar que no se cansa de volver a cargarnos sobre sus hombros “una y otra vez” (119). Por ello, nadie debería tener miedo ni vergüenza de volver a levantarse y acercarse a Jesús cuando se ha alejado de Él por el pecado. Cristo siempre acoge “con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” (119).

“Hay una tercera verdad que es inseparable de la anterior: ¡Él vive!” (124). Un joven se queda indiferente ante Cristo si tiene la idea de que solamente es un personaje histórico que hace dos mil años nos dio un buen ejemplo. “El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive” (124). Por ello puede llenar nuestra vida de luz; tiene sentido cultivar su amistad y crecer en ella como algo que llena de esperanza. En Él se pueden encontrar fuerzas para luchar por el bien a pesar de las dificultades que encontramos en nuestro mundo, porque en su resurrección la prepotencia del mal ha sido vencida por la omnipotencia del amor.

Que todos los cristianos podamos ser para los jóvenes testigos de la belleza y de la alegría de la fe.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa