CRISTO HA RESUCITADO. RESUCITEMOS CON ÉL 20-04-2014

Podemos imaginar los sentimientos de los discípulos y de las mujeres que habían seguido al Señor durante el tiempo de su vida pública, al atardecer del Viernes Santo: Con su muerte parecía que todo había terminado. Una tremenda desilusión les invadía. Ellos y ellas habían conocido a Jesús, lo habían dejado todo y le habían seguido, habían escuchado su palabra y se habían ilusionado con su persona y con su mensaje. Pero ahora el Señor estaba muerto. Su situación sería semejante a la que experimentamos las personas cuando nos ilusionamos con algo o con alguien y esa ilusión desaparece de pronto del horizonte de nuestras vidas. Lo único que nos queda cuando vivimos una situación como esa es un vacío inmenso.

Los sentimientos de los personajes que aparecen en los relatos pascuales no dejan lugar a dudas: habían perdido la esperanza (Lc 24, 21), tenían miedo y cerraban las puertas cuando se reunían (Jn 20, 19), el dolor les invadía el corazón (Jn 20, 11), eran duros para creer (Mc, 16, 11; Lc 24, 11), estaban turbados y dudaban (Lc 24, 38), etc…

Pero en la mañana del Domingo de Pascua todo cambia: a partir del hallazgo del sepulcro vacío y de los primeros encuentros del Resucitado con las mujeres que se habían acercado al sepulcro buscando un muerto, todos van siendo recobrados para la fe. Los encuentros con el Señor transforman los sentimientos de los personajes de la Pascua: donde había duda aparece la fe, en medio del dolor brota el gozo, la turbación deja paso a la paz. Un horizonte nuevo de esperanza aparece en la vida de aquellos creyentes. A medida que se encontraban con el Señor y eran recuperados para la fe experimentaban, no sólo que Cristo había resucitado, sino que ellos resucitaban con Él.

Pascua fue para ellos una experiencia de gracia: lo que no esperaban ni imaginaban, lo que humanamente les parecía imposible… eso había ocurrido: La muerte no había tenido la última palabra sobre Cristo. Él estaba vivo. Encontrarse con Él había sido el gran regalo que Dios les había hecho. Fue también una experiencia de libertad: ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra sobre el hombre. La victoria es de nuestro Dios y del Cordero.

Desde esa certeza, ellos vivirán para anunciar a Cristo: Cuando van a anunciar a otros la resurrección de Cristo y lo dan a conocer, cuando se conviertan en anunciadores del Evangelio y en testigos del Resucitado, cuando bauticen y perdonen los pecados haciendo presente la misericordia de Dios… están viviendo la Pascua, están resucitando con Cristo.

Nosotros no podemos celebrar la Pascua como un recuerdo de algo que sucedió en el pasado. Cristo ha resucitado, resucitemos con Él a una vida nueva, resucitemos con Cristo a una vida llena de esperanza. Que la alegría de haber conocido al Señor sea el mejor testimonio que ofrezcamos a nuestro mundo.

Feliz Pascua i que el Gozo de la fe llene nuestros corazones.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa