Corpus Christi en Benicarló

Ver a las familias con sus peques vestiditos de su primera comunión, con sus cestitas repletas de pétalos para regalárselos a su amigo Jesús remueven nuestros corazones donde habita, porque sí, por amores encendidos, el Señor Jesús que por nosotros bajó del cielo y nos regaló la condición de ser sus hijos y andar tras un breve camino que nos conduce al cielo.  Uno recuerda cómo se recopilaron tomos de Carlos Gazulla de Ursinos que conmemoran y nos hacen revivir la festividad del Corpus en los pueblos del Maestrazgo, de los que entresaco estos versos:  Ceñido en un viril/lo inmenso se estuchó, /pues claro, en essa esfera/sin fin, se considera/su amante explicación.    Ver la mayor fineza/ del más alto blassón, /deífico portento, /que, en Fe de un sacramento, /logran los hombres oyr.

Música, danzas, palmeras enhiestas y cimbreantes en el nuevo recorrido de este año, calle César Cataldo, desde san Bartolomé a la parroquia del Santo Cristo en el año del Señor en el que se conmemora el centenario de su edificio y la bellísima restauración de su imagen. El Corpus es fiesta grande, el envés del Jueves Santo envuelto en la tristeza de su Pasión y Muerte. Es la puerta abierta a la caridad, al estar presentes en las necesidades de las familias. Es un canto de los enamorados del Señor que, repletos de agradecimientos, quieren festejarlo, pasearlo por sus calles para que se despierten esas ansias de enamorados para recobijarlo en sus corazones. Ese Cantemos al amor de los amores, esos ardores del Adoro te devote en donde se medita tanto a la divinidad escondida, como también a la humanidad escondida, fiándonos en el sólido argumento de SU palabra dada por Jesús. Estás ahí porque lo has dicho tú y te has confiado a la palabra y vida del sacerdote. Y se te agradece que hayas dado tu sangre y cuerpo en alimento y que sostienes a los caminantes agobiados por la dureza y fatiga de la vida. En medio de tanta alegría uno se encierra en su intimidad y paladea este regalo, máximo regalo, de Dios con nosotros.

Como los niños han comulgado, también nosotros, ya lejos de la primera comunión, lo disfrutamos y le pedimos que nos permitas contemplar lo qué significa, lo qué es estar, convivir contigo, y sentir tu aliento.  La fe se reviste de honradez, se alivia con la constancia, se fortalece con la piedad, se adorna con el cariño y simpatía, y se desparrama jugosa en capazos de amor alegre y sonoro. Tener a Jesús en nuestros corazones, es desbordarse en el trato amable con los demás, en estar en una constante vigilia de alerta para cómo servir exquisitamente a Dios y a los demás. Tú eres, Mi Señor, el alimento, la fuerza para superar el mal con la abundancia del bien, como Tú lo has hecho y siempre con la mirada puesta, enamorada, en regalar tanto bien a quienes nos rodean. El Corpus es, como dijo un amigo, una invitación perpetua a querer a los demás tal cual Tú, mi Señor, nos quieres y, sobre todo, nos querrás siempre pase lo que pase.

Esta fiesta siempre es una melodía que, si bien suena en la algarabía exterior, se dilata y se enciende y se cobija en la intimidad de nuestros corazones. Gracias, mi Señor, por tanto amor que nos has regalado gratuitamente: ¡te nos has dado ti mismo! Y cuando uno lo medita, lo palpa, ve siempre la necesidad de que todos lleguemos a ser hermanos, amigos y dilatadores de tan gran regalo. Sí, nos has mostrado cómo la vida vale la pena vivirla, alegrarla, desearla, esparcirla con la inocencia de esos peques que con sus manecitas desparraman los pétalos, y como la ilusión de tantos y tantos en el silencio de la ofrenda que han regalado esta hermosa alfombra para que la pisen tus pies, mi Señor, que esta tarde han sido los de tus portadores de la carroza por la calle de nuestro pueblo y los pies y corazones de todos tus enamorados.  Gracias a todos quienes habéis acompañado a Jesús eucaristía y porque os habéis puesto en el bando noble y sincero de aquellos que, ante la pregunta de Jesús: ¿También vosotros me vais a abandonar?, han respondido con este silencioso y rico y enamorado: Aquí estamos.

Manuel Ferrer