CONTEMPLAR, CELEBRAR, VIVIR 29-03-2015

La celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor constituye el punto de partida de la Semana Santa. Durante estos días un ambiente de religiosidad invade las calles de nuestros pueblos y ciudades. Los actos religiosos, tanto en los templos como fuera de ellos, crean un clima de fe y una sensación de que estamos ante unos días santos. Todos los cristianos celebramos los mismos acontecimientos y, sin embargo, cada pueblo tiene sus propias tradiciones, su modo peculiar de celebrar la pasión y muerte del Señor. A pesar de la secularización del ambiente, durante estos días la tradición y la fe se unen para recordar la entrega del Señor por todos los hombres. Este recuerdo ha de ser, al mismo tiempo, contemplación, celebración y vivencia.

Son días para contemplar al Señor. Contemplar es centrar la mirada y el corazón, es mirar con ojos de fe y amor. La participación de un modo u otro en los desfiles procesionales en los que se muestran distintos momentos de la pasión y donde, con imágenes y otros signos, se anuncia la muerte del Señor; una visita a la Iglesia, un rato de oración ante una imagen del Señor crucificado, etc… Son pequeños detalles que nos pueden ayudar a que vivamos estos días centrados en Cristo. Cuando miramos a Cristo descubrimos la belleza de su amor y sentimos en nuestro corazón un deseo de amarle. El fruto de la contemplación es crecer en el amor al Señor.

Son días para celebrar el misterio cristiano. Lo que se anuncia en las calles se hace presente en las celebraciones litúrgicas bajo el velo de los ritos y de los símbolos. Es una presencia sacramental, pero real, del misterio de nuestra salvación. Durante los días del Triduo Pascual acompañaremos al Señor en la entrega de su vida hasta la muerte; permaneceremos en oración junto al sepulcro y viviremos el gozo de la resurrección. La Eucaristía, el gesto de lavar los pies de los discípulos, la agonía de Getsemaní, la Cruz, el sepulcro, etc… Todo nos habla de Aquél que no vino a ser servido, sino a «servir y dar la vida por muchos» (Mt 20,28). La liturgia nos ayuda a unirnos realmente al misterio de Cristo.

Pero la contemplación y la celebración no son fin en sí mismas. Todo desemboca en la vida. Quien ha contemplado y celebrado el misterio de Cristo está llamado a vivir desde Él. El lavatorio de los pies termina con unas palabras que el Señor dirige a sus discípulos: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 12-15). En la visión de Juan, el lavatorio de los pies no es más que la Eucaristía hecha vida. Es en la vida de cada día donde nos debemos examinar para ver si aquello que contemplamos y celebramos, llegamos a vivirlo. Si lo hacemos así, estaremos siguiendo los pasos de Cristo.

Que a todos nos alcance la gracia que brota de la cruz.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.

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