CONCLUYE EL AÑO DE LA MISERICORDIA (I) 13-11-2016

Este domingo se clausura en todas las catedrales del mundo el jubileo extraordinario de la misericordia al que nos convocó el papa Francisco. El próximo, solemnidad de Jesucristo Rey del universo, lo hará el Santo Padre en la basílica de San Pedro del Vaticano. A lo largo del año hemos tenido ocasión de reflexionar sobre el misterio de la misericordia de Dios, que es la característica determinante de su relación de Padre con sus hijos; sobre las parábolas en las que Jesús nos revela el corazón del Padre; sobre el sentido de la doctrina de las indulgencias y sobre las obras de misericordia. Hemos tenido la oportunidad de peregrinar a la catedral de la diócesis y de realizar el signo de entrar por la Puerta Santa. Se nos ha ofrecido también la posibilidad de tener algún gesto para ayudar a aquellos que, por vivir en alguna situación de pobreza, están necesitados de nuestra generosidad. Este es el momento para que cada uno de nosotros hagamos personalmente un balance de lo que ha supuesto la vivencia de este jubileo para su vida cristiana. Para ello os quiero invitar a que nos formulemos algunas preguntas.

La primera es si esta celebración jubilar nos ha ayudado a redescubrir lo necesitados que estamos de abrirnos a la misericordia de Dios y vivir el sacramento del perdón como un momento de gracia y de alegría. Para llegar a vivir así la reconciliación con Dios, tal vez necesitamos purificar la idea que tenemos de Él y de lo que es el pecado.

Muchos cristianos viven en una actitud de profunda desconfianza hacia Dios. Creen que es un señor porque trata a sus criaturas como si fueran siervos que deben someterse a su voluntad, y se comporta con ellas como un juez que es indiferente ante la suerte de aquellos a quienes ha de juzgar según sus obras. La vida cristiana se reduce al cumplimiento de unas leyes y el pecado no sería otra cosa que la transgresión de las mismas. Esta imagen de Dios despierta sentimientos negativos: temor o rechazo. Además lleva al abandono del sacramento de la Reconciliación o a una vivencia insatisfactoria del mismo, porque quien se acerca a él solo piensa en liberarse del miedo. Si no cambia nuestra imagen de Dios, ese temor nunca desaparecerá de nosotros.

El Padre nos lleva en el corazón y nos ama como algo suyo. Constantemente nos ofrece signos de su amor. Su actitud hacia nosotros se rige por la ley de la gracia: en todo momento nos muestra con claridad ese amor que siente hacia nosotros. Nuestros pecados no le llevan a rechazarnos, sino a mostrarnos con más claridad el amor de su corazón paternal. Sin embargo, nosotros muchas veces somos ciegos para ver tantos signos de su gracia. Esto nos lleva a ser desagradecidos con Él. El pecado es ingratitud, indiferencia o rechazo al deseo que Dios tiene de que vivamos en su amistad. Vivir en la confianza en el amor del Padre y en el deseo de crecer cada día más en su amistad, nos lleva a querer entrar constantemente por la puerta de su misericordia, y a vivir con alegría la experiencia de su amor y de su perdón.

Que este jubileo nos ayude a redescubrir la alegría de sentirnos amados por Dios.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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