BIENAVENTURADOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO 16-04-2023

El Domingo de Pascua se nos llamaba a buscar los bienes de allá arriba; hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles narra la vivencia de este ideal en la Comunidad primera de Jerusalén que, nacida en Pentecostés, inicia el testimonio de la Buena Nueva desde Jerusalén hasta el confín de la tierra (Ac 1,5s).
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones: este primer resumen de la vida de la Comunidad de Jerusalén destaca la perseverancia en vivir fielmente cuatro dimensiones básicas del ser cristiano de todos los tiempos: a) escuchar y acoger la enseñanza de los apóstoles, testigos garantizados del mensaje y la obra de Jesús; b) tenían todo en común (posesiones y bienes) como certificado de la auténtica hermandad; c) reunirse para la fracción del Pan que es el Memorial del Señor; d) reunirse para la oración comunitaria que completa la praxis de la plegaria individual.

El elemento diferencial de este estilo de vida es la motivación: comparten los bienes para dar testimonio de la Vida nueva que viene de Jesucristo resucitado.
Testimonio fundamentado en el hecho de que la multitud de los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma, y que además viene confirmado con el poder de los Apóstoles que hacían muchos prodigios y signos.

El evangelio de hoy narra la aparición del Resucitado a los discípulos el mismo domingo cuando estaban en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Los relatos evangélicos de apariciones del Resucitado ponen la cronología al servicio de la teología: todo está concentrado en el mismo domingo de Pascua. Todo sucede aquel día, el primero de la semana, el domingo, día en que la Comunidad se reúne para celebrar la Eucaristía (1Co 16,2). Siempre es el Resucitado quién toma la iniciativa saliendo a buscar a los suyos, a pesar de su resistencia o dificultad para reconocerlo.

“Si no lo veo, no lo creo”, se dice a menudo: sentencia con error conceptual de base. En realidad, aquello que se ve no es objeto de credibilidad, ya no hay necesidad de creerlo porque se ve. El objeto de la credibilidad es aquello que o no se ve o no se ve claro, y a pesar de ello me lo creo porque me fío de quién me lo dice. La clave del “creer” es aquel en quien confío para creerlo.

“Paz a vosotros” es el primer mensaje del Resucitado: porque de verdad nos trae la paz completa de la conexión con Dios y con los hermanos.
A continuación les confía la misión: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. La misión confiada por Jesús a sus discípulos no es solo comparable a la que Él recibió del Padre, sino que, bien mirado, es la misma misión garantizada por la acción del mismo Espíritu Santo; hay continuidad intrínseca.
Por eso es necesaria la derrota del Maligno: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Es verdad fundamental inherente al mensaje central de la Pascua.

Al ser sepultado, se podría decir que Jesús de Nazaret desaparece de la escena pública; pero poco después los suyos proclaman que Él está vivo con una Vida totalmente nueva y que su muerte y resurrección nos ha reconciliado con Dios.

¿Qué ha pasado entre la sepultura de Jesús y el nacimiento de la Comunidad cristiana en Pentecostés? El acontecimiento puntual de Jesús resucitando no lo describe ningún evangelista, pero los testimonios de encuentros con el Resucitado sí pertenecen a la esfera histórica.

Bienaventurados los que crean sin haber visto: La historia de la Iglesia es la prueba fehaciente de quienes a lo largo de los tiempos han llegado a creer en Cristo Resucitado por el don inmenso de la gracia de Dios y gracias a que sí han visto y conocido “santos de la casa del lado” que vivían gozosos el estilo de vida de la primera Comunidad de Jerusalén.

José-Luis Arín Roig
Administrador Diocesano

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