AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA 23-11-2014

El próximo domingo, coincidiendo con el comienzo del tiempo de Adviento, iniciamos en la Iglesia la celebración de un año dedicado a la vida consagrada. El Papa Francisco, al convocarlo, quiere que todos los cristianos valoremos la riqueza que es el don la vida consagrada, y que aquellos que han entregado su vida al Señor renueven el deseo de vivir fielmente su vocación y de crecer en el servicio de Dios y de la Iglesia.

La vida consagrada, en su gran variedad de caminos, ha sido y continúa siendo una bendición para todos los cristianos y para nuestro mundo, y una riqueza inmensa para la Iglesia. Cuando pensamos en el testimonio de caridad y de servicio a los más pobres, enfermos y ancianos; en el heroísmo y la generosidad de tantos misioneros y misioneras; en la dedicación a la enseñanza vivida con generosidad y con deseo de evangelizar; en la entrega de tantos monjes y monjas a la oración por la salvación de todos los hombres, etc… no podemos más que dar gracias a Dios. Si todo esto no hubiera existido y no estuviera vivo, la vida y el testimonio de la Iglesia serían mucho más pobres. Durante este año debemos agradecer al Señor el don de la vida consagrada y los frutos evangélicos que ha producido la entrega generosa de tantos cristianos a la causa del Reino de Dios.

Si nos preguntamos qué es lo que mueve a tantos cristianos a una generosidad y a una entrega tan grandes a la causa del Reino, descubrimos que únicamente hay un motivo: Su entrega radical a Dios. Cuando mayor es la generosidad con Dios, más grande es la disponibilidad para el servicio al Evangelio. Esta generosidad para con Dios se concreta en la vivencia de los votos evangélicos que, aunque muchas veces son vistos como una renuncia y, por ello, poco valorados y comprendidos, en realidad son el modo de vivir de quien ha descubierto algo mucho más valioso de lo que puede ofrecer el mundo: puede vivir la pobreza quien ha descubierto que Cristo es su riqueza; puede vivir la castidad quien se siente llamado a amar plenamente a Cristo y, por Él, a todos los hombres; puede vivir la obediencia aquel que no se ata a nada y quiere estar plenamente disponible para el Reino de Dios. La vivencia de los votos evangélicos no es empobrecimiento o negación de la vida, sino que es una opción por una forma de vivir que enriquece plenamente y que, por ello, debe llevar a la plena alegría en la vivencia del Evangelio.

Por ello, no nos debe extrañar que los institutos de vida consagrada que han existido y existen hayan dado tantos santos a la Iglesia. Esto es lo más valioso que la vida consagrada ofrece a la Iglesia: el testimonio de una santidad vivida con radicalidad y de verdad. A mí me gustaría que todos los cristianos y cristianas que viven una vocación de consagración profundizaran en el testimonio de santidad de los miembros de sus institutos que han sido propuestos por la Iglesia como ejemplos, modelos y testimonios de santidad. Éste es el camino para una auténtica renovación de la vida consagrada y para que esta forma de vida, que se concreta en tantos caminos posibles, vuelva a ser atractiva para aquellos jóvenes que sienten en su corazón el deseo de seguir de verdad al Señor.

Que el Señor nos bendiga con su gracia.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa