EL TESTIMONIO DE LA VERDAD 25-11-2018

El último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. En la Eucaristía escuchamos el momento en el que Jesús, al preguntarle Pilato si es rey, responde: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). El mismo Jesús, que se retira a la montaña cuando, después de la multiplicación de los panes, la multitud quiere proclamarlo rey (Jn 6, 15); en el momento en que todos le han abandonado y se encuentra solo e indefenso ante los poderes de este mundo, cuando está a punto de ser condenado a muerte, reconoce su realeza, dando así una “noble profesión de fe” (1 Tm 6, 13).

Un momento antes de este reconocimiento de la propia realeza, Jesús ya había advertido: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Es ciertamente un reino extraño, porque no se fundamenta ni en el éxito de las obres de los hombres, ni en la admiración que despierta el poder, ni en la fuerza de las armas, sino en la verdad y en el testimonio que el Señor dio de ella durante su vida y en el momento de la muerte. No es extraño que alguien poderoso como Pilato reaccionara con escepticismo preguntando: “Y ¿qué es la verdad?” (Jn 18, 38); y que, cuando presionado por los jefes y por la multitud que se había congregado ante el pretorio ya había decidido su condena, lo presentara al pueblo proclamando con ironía: “He aquí a vuestro rey” (Jn 19, 14).

Esta escena nos está indicando a los cristianos de todos los tiempos que el camino para sembrar el Reino de Dios en nuestro mundo no puede ser otro que el de Cristo: el testimonio de la verdad del Evangelio y hacerlo evangélicamente. En esta escena de Jesús ante Pilato descubrimos en qué consiste ese testimonio: no se trata de imponerla a la fuerza, ni de hacer sufrir a los demás por el Evangelio, sino de estar dispuesto a aceptar el sufrimiento por ella como hizo Jesús en ese momento decisivo de su vida. Aunque parerzca un camino ineficaz y condenado al fracaso, el creyente no puede dudar de que es el único para sembrar la semilla de la vida nueva en nuestro mundo.

En la primera carta de san Pedro (3, 15) encontramos una exhortación a dar razón de nuestra esperanza “con mansedumbre y respeto”. Un teólogo del siglo XX, comentando este texto dice: “No se trata de afirmar con prepotencia y arrogancia que se posee la verdad; nuestra respuesta a los que nos preguntan debemos darla con «mansedumbre y respeto». Con mansedumbre, porque nosotros no somos los dueños de la verdad; y con respeto, porque necesariamente hemos de ser respetuosos con la opinión de los demás. La razón que debemos dar de nuestra esperanza no ha de consistir en discursos polémicos y en la manía de tener siempre la razón, sino en dos cosas: en una buena conducta ante la que deben quedar confundidos los que nos calumnian, y en el padecimiento por amor a la verdad”.

Este es el camino para que el Reino de Dios sea realidad en nuestro mundo.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa