EL FRUTO DEL ESPÍRITU 09-06-2019
La celebración de la solemnidad de Pentecostés, culmen del tiempo de Pascua, es una buena ocasión para que reflexionemos sobre la importancia de la acción del Espíritu Santo en nosotros. Él ha sido enviado a nuestros corazones y viene en ayuda de nuestra debilidad, no solo para que vivamos más fácilmente la vida cristiana, sino para que la podamos vivir. Sin su presencia en nosotros no podríamos llamarnos y ser en verdad discípulos de Cristo e hijos de Dios.
A pesar de la importancia que el Espíritu tiene para todo cristiano, para muchos pasa desapercibido. A diferencia de la obra de Cristo, quien se hizo hombre y entró en la historia, la acción del Espíritu Santo es más difícil de identificar. Esto lleva a que muchos le olviden. Para superar este olvido, ciertos movimientos y grupos quieren experimentar su presencia de una manera sensible por algunos dones y carismas especiales que puede conceder a quienes se abren a Él. Ciertamente el Espíritu Santo puede dar gracias extraordinarias a algunos cristianos, pero esta no es su acción fundamental. Quienes las reciben deben acogerlas con humildad, sin creerse superiores a los demás; deben vivirlas en comunión con la Iglesia y para su edificación; y han de someterse al discernimiento de los pastores del Pueblo de Dios.
Pero si la acción del Espíritu se limitara a este tipo de dones, nos encontraríamos ante una Iglesia con cristianos de distintas categorías, porque quien los tuviera podría llegar a creerse por ello mejor cristiano que los demás, y quien careciera de ellos pensaría que no ha recibido el don del Espíritu. Él es enviado a todos los creyentes en Cristo, por lo que nadie puede reclamar una exclusividad. Además, su acción principal tiene un carácter invisible, ya que el efecto fundamental que produce en el corazón de los creyentes es la vida de la gracia y la santidad.
El criterio fundamental para discernir si vivimos según el Espíritu no son los dones visibles, sino su fruto en nosotros. En la carta a los Gálatas (5, 22-23), san Pablo nos enseña que el “fruto” del Espíritu es el amor, i en la carta a los Romanos (5, 5) especifica que es el amor de Dios que el mismo Espíritu ha derramado en nuestros corazones. A pesar de que a continuación del amor san Pablo enumera una serie de actitudes, debemos caer en la cuenta de que no habla de los “frutos”, sino del fruto (en singular) del Espíritu. Este detalle es importante para entender su acción: el primer efecto es despertar en nosotros el amor filial a Dios nuestro Padre. Por ello, quien vive según el Espíritu puede llamar a Dios “Padre” y abandonarse en sus manos, con una confianza y un amor ilimitados.
Ahora bien, la autenticidad y la verdad de ese amor a Dios se manifiestan en aquellas actitudes que difunden el bien a todos los que nos rodean (alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad y lealtad) y que preservan al creyente del orgullo y el egoísmo (modestia y dominio de sí). Por el contrario, si un cristiano no está fundamentado en el amor a Dios, con mucha facilidad se desanima en su vida cristiana; la vive como una carga insoportable; o acaba cayendo en la tentación de pensar que es mejor que los demás.
Con mi bendición y afecto.
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa





